Artículos variados

Artículos realizados durante la beca con SEGUIMOS SIENDO LAS MISMAS. Artículos sobre pareja, sexualidad, maternidad, etc.

Que el amor nos haga

El amor como hecho, como evidencia, como acontecimiento, como aire que rodea los cuerpos,  los objetos, como algo presente, en lo cotidiano también en lo abstracto.

En la mirada del niño, en la nieve que cae, en mi caminar por la calle.

Amar.

Como quién se enrosca en una corriente de aire, como quién coge un tren, como quien se embarca, como coger un taxi de madrugada, como estar a la espera de nada, como quien simplemente es.

Y en vez de estar siempre buscando, apretando, persiguiendo, a la caza, detrás de la zanahoria, mirar las manos que atraviesan el aire, detenerse y dejar que nos cale, porque está ahí y es un hecho, un espacio exacto, un lugar que viene a nosotros, una isla flotante, una ley matemática, una constante, una realidad.

En vez de mirar, posarnos sobre la mirada, como quién canta, en vez de escuchar que sea el sonido quién nos empape hasta lo más hondo, ser recipiente en vez de cuchillo, ser continente para estar en el contenido. En vez de hacer el amor, que el amor nos haga a nosotros. Ser la arcilla y la existencia, las manos que dan la forma. Ser permeable, tomar formas, ser pizarra, ser escribible, ser sensible a la materia.

Vivir el amor.

Quizá eso es lo que nos salva. Quizá si escuchara más, quizá si me dejara entrar, quizá.

Venga, lo haré. Me dejaré llevar. Sin control absoluto, sin certeza, sin camino, abriendo en la hierba una senda. Venga, sin hacerlo lo haré, sin quererlo, sin propósito, sin esfuerzo, siemplemente como quién descubre el desierto.

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Entonces

 

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Entonces llega el día en que 23 abuelos deciden huir del asilo, decir basta, montárselo por su cuenta, plantar un huerto, porque juntos son fuertes, más fuertes que separados.

Entonces llega el día en el que decides dar la vida, porque hay demasiada muerte y el fruto que crece en tu vientre te susurra cosas que aun no entiendes pero que son verdad, entonces miras el mar una noche mientras la gente ríe en las terrazas de un playa del sur y lloras por esa madre que quiso cruzar ese mar, una madre embarazada como tú que ahora sigue nadando, sin alma dentro, sin un doble latido al compás, sin un útero que abraza, con la nada dentro, bailando con la inmensidad.

Entonces crees que todo está perdido y entonces ves una chispa en unos viejos, esos a los que ya nadie quiere, entonces ves una esperanza, porque ellos se quieren a si mismos y basta y entonces algo sucede, y entonces parece que algo avanza.

Entonces luego vienen las avalanchas de gente, llevan viniendo ya muchos años si que eso sea noticia y mueren esperando en los montes del valle del Rift y mueren abandonados en el desierto de Argelia desde hace años si que eso gaste tinta, y entonces entiendes que es de eso de lo que quieres hablar, que es por eso por lo que quieres bailar, que el arte tiene un sentido si habla de nosotros, si habla de la enfermedad que seguro se ve desde las estrellas, entonces tiene sentido ponerse a bailar si es para bailar por esa madre muerta que ahora baila en el mar y entonces bailar con ella, también pero viva, la danza de la eternidad .

TRAMONTANA HAUS

Si, es imposible (para mí) no extrañar pero, la música, el vino fresco mientras cocinábamos comiendo queso, todos juntos en la cocina, Jacobo y Juanmita tocaban, alguien seguro, bailaba. Y parecía, y fuimos familia. Tramontana Haus, la casa de los vientos (huracanes, brisa suave, aquellos vendavales).

Cómo no extrañar ahora ciertos huecos que quedan en el mapa, océanos ahora, inevitables.

Podría seguir mi estilo y vivir de las ausencias pero no. Ya lo dije en el poema del gato. Estoy cambiando, he cambiado. Ahora no viviré de las ausencias no, viviré de las presencias, de las huellas que las cosas en mí han dejado, de los brillos y no de las sombras, arrugas nuevas en mi piel.

Estoy cocinando, suena la música, he abierto una botella de vino y bailo, brindo por los años que han pasado, brindo por las noches de locura y risas, de creación en estado puro, éramos peonzas, girábamos con trajes hilvanados. Brindo por el color de aquellos días, por los colores que hicieron estas brasas pausadas, brindo porque se que lo viví, brindo por Sophie, brindo por los quince platos a la mesa, brindo por todos los trazos que en mí se han quedado grabados. Forman ese nuevo dibujo. Por todo ello ya puedo decir serena cuando llamo a cualquier puerta: “Soy yo.”

Una mirada

Te puedes meter dentro de una mirada.

De la mirada de alguien.

Una mirada se te puede meter dentro sin avisar y ser como tu disfraz, como una película gelatinosa y transparente a través de la cual mirar el mundo.

Una mirada te puede cambiar la vida de un solo fogonazo, como un disparo.

Hay miradas que ven, que ven más allá de ti mismo, que te deshacen por dentro el hielo.

Llevo toda mi vida huyendo de las miradas que niegan el “SI”, de las miradas como cuchillos de juicios, de las miradas que congelan el cuerpo y lo convierten en un títere de hilos, antinatural, conducido desde fuera en cada gesto. Y aun con todo, lo reconozco, yo también me metí en esas miradas, como quién se enfunda el traje de buzo o de astronauta y también miré con esos ojos de trituradora, ojos de corta-cesped, ojos de apisonadora, de fría máquina. Y entonces esa mirada se me metió dentro. Con mucho esfuerzo y unas cuantas y dolorosas operaciones de disección conseguí, o al menos eso creo, extraerla de mi.

Pero hay miradas que te ven, que te miran desde el epicentro, que son volcán de fuego, que consiguen disolver toda la cáscara, que te llegan al centro, muy adentro, allí donde está el cuerpo del deseo. Llegan allí dónde se confeccionan las asociaciones de recuerdos, allí en dónde la maquinaria hace sus memorias. Hay miradas que entran al interior del motor y consiguen ponerlo a cero para volver a empezar. Hay miradas que descodifican el mapa tanto tiempo usado para hacer un mapa nuevo, más ligero.

Hay miradas con las que da gusto vestirse, hay personas maravillosas que te contagian de su mirada, hay grandes ojos para grandes almas, hay miradas que son como ventanas, hay miradas para soñar, hay personas generosas que te regalan sin esfuerzo su mirada, te la prestan, la comparten contigo, te salvan con ella.

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Mi madre me enseñó a mirar hacia arriba, a los universos que cada balcón encierra, a la belleza de lo cotidiano, a observar como la naturaleza está presente siempre, abriendo las  aceras. Mi madre me enseñó a ver como la vida no cesa frente a la piedra, me enseñó el sentido de las cosas, también de las dolorosas, me enseñó la alquimia de la envidia, del odio y de la muerte, que de una vuelta se transforma en semilla.

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Hay miradas de humor frente a la tragedia o el hastío. Hay miradas que cuando te las prestan ya se te quedan para siempre adheridas a la risa y no puedes ver lo mismo de la misma manera. Amo la mirada de la risa, porque la risa relativiza la vida, la aligera.

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Hay miradas en las que me quedaría a vivir. 

Construiría allí mi fuerte, porque desde ese lugar soy capaz de todo.

Hay miradas que son como un balcón a lo eterno, que nos hacen sentir pequeños, son como el viento, son puro juego.

“No se que voy a hacer ahora sin tu mirada. La dibujo constantemente en el silencio, siento que me miras desde lejos, que atraviesas las montañas y los valles con tus ojos de fuego”

Hay miradas que están vivas, para siempre, en nosotros. 

Amo la mirada del poeta, la mirada de la belleza, la mirada brutal de seguir viviendo a pesar de la certeza de la miseria, amo la mirada que rescata, que barre, que recoge piedras para construir caminos y aceras, amo la mirada de quien ama.

Voy a intentar no quitarme esta mirada nueva, voy a intentar regalarla, voy a intentar guardarla en la colección de miradas que salva.

Y entonces mirar.

Mirar a través de las miradas, mirar el aire, mirar el todo que está sumergido en la nada.

“Recordar aquella eternidad de tus ojos de agua, aunque ahora no estés presente para recordármela, nutrirme de las huellas que dejaste y así emborracharme de todas las miradas derramadas”

Un placer volver a verte

 

Invierno de 2013

Hay personas que las ves y parece que te conozcas de toda la vida. Es como estar separados mucho tiempo y de pronto un día, juntarse de nuevo. Como dos ríos que se distancian, hacen su viaje solos y luego otra vez, convergen, quién sabe si hasta el mar o hasta dónde.

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Hay personas que en cuanto las conoces, sabes a ciencia cierta (sin necesidad de cálculos ni de números ni de medidas ni de cuentas) que son tu familia, que hay algo natural, normal, como de siempre, de sobremesa y pan, de tarde de domingo que se hace noche, mientras los niños juegan sin la mirada de los adultos y los adultos hacen que no miran mientras hablan y fuman en el salón y se oyen sus carcajadas y todo está permitido, porque es un día de fiesta.

Hay gente con la que te encuentras de nuevo en esta vida y todo se llena de color .

La vida se llena de color porque da igual la dirección hacia la que va el camino, lo importante es estar él, caminando juntos, simplemente eso, un fin en sí mismo.

El camino se va llenando de amigos, AMIGOS en letras mayúsculas, compañeros de viaje, sin lastres ni fardos ni maletas, con aire en los bolsillos, con ganas de soñar despiertos, de celebrar la vida una vez más, porque todos los caminos, todos los ríos, terminan en el mismo destino.

Antes de ayer encontré a una de esas personas hermanas de alma.

Te miras a los ojos y lo sabes.

Se puede sostener el silencio, porque pesa poco y es etéreo. Se puede sostener la mirada, porque está llena de palabras y habla. Hay un deseo irreprimible de agarrarse de las manos y de preguntar “En este tiempo ¿cómo te ha ido?”.

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Y hablar y hablar para actualizar un archivo antiguo, de agua salada, de mar, un documento muy viejo que anida en algún lugar lejano, olvidado,  en el centro de mis más primitivos recuerdos.

Y volver.

Dormir en una casa muy blanca y soñar para despertarse dentro de otro sueño, confundir la verdad con la realidad.

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Nuestros hijos duermen juntos y se abrazan.

Suena la misma música todo el tiempo, es el silencio.

Y viene esa canción que escuché una vez y que vuelve y vuelve: “te conozco como un sueño bueno y viejo, te toco y te conozco, desde siempre desde lejos”

¿Qué más decir?

¡Un placer volver a verte!

 

Relaciones tóxicas S.O.S

Cuando crees que has amado y luego piensas que no, cuando te has echado de menos mucho tiempo y te preguntas “¿Cómo he podido vivir así, tantos años, tan lejos de mí?”.

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Cuando te das cuenta de que has estado enferma, enferma del alma, porque buscas siempre amores que no te corresponden, que nunca darán lo que tú das y que jamás recibirás lo que deseas.

Cuando crees que amar es esa renuncia, esa renuncia a ser entendida, amada. Cuando crees que amar es algo más complejo, que siempre hay que esperar al otro, a su distinta, doliente e imposible forma de amar. Cuando renuncias a la verdadera intimidad y te dices “si espero, algún día será”.

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Cuando te ves conformándote con poco, celebrando cada migaja, creyendo que eso es el amor, persuadiendo a tu deseo de que eso debe hacerte feliz, ese sacrificio, ese ceder tragándote tu propio fuego, lo que para ti podría ser sencillo y perfecto, juntos ir creciendo.

Cuando el tiempo va pasando y te vas haciendo cada día más pequeña, los amigos te dicen “¿Qué te pasa?” y preguntan por tu antigua luz,  ya fundida.

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Si, una enfermedad.

Amar así, para mi es una enfermedad.

Amar así es pedirle peras al olmo y esperar bajo el árbol fingiendo que uno no tiene hambre. Esperar sin protegerse de la lluvia, no haciendo nada más, creer que tu vida es eso, solo eso.

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Hasta desaparecer.

Relaciones tóxicas.

Ahora, en prácticas de vuelo, me duelen las heridas. 

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Las ex-adictas debemos tener cuidado, a la mínima que vuelves a probar la droga, te bebes el bar entero y todo el trabajo realizado se ahoga dentro de un vaso.

Andar despacio, estar atenta a como me siento, tener cuidado para que nada en mi vida se convierta en una obsesión. Si sufro, si calculo, si mido, si pongo en funcionamiento la maquinaria de la espera y la estrategia, mal síntoma y entonces, con mucho dolor y dignidad, sigo mi nuevo mapa y me alejo.

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Como mujer en proceso de rehabilitación tengo mis recaídas y me veo a veces a punto de caer en la misma lógica, creo que me pierdo, maldigo este mal y de nuevas creo que no me he curado, que todo el trabajo no sirvió para nada.

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Creo que forma parte de la cura.

Y dentro de ella siempre estará mi canción, mi verdadera medicina:

“Y cuando creo que me he curado, vuelve a aparecer y como si fuera una antigua alcohólica, vacío todas las copas, me vuelvo loca, muerdo el cristal con mi boca roja”

Poemas a la sombra. Otoño de 2013

 

Papel quemado

El papel quemado ardía, nos daba tanto calor.

 

Su gran llamarada, iluminando nuestros rostros que miraban, nos devoraban las lenguas de fuego, de verdad quemaban. Pero después solo era humo, unas insignificantes cenizas, nada más.

Supongo sin saber, que el amor auténtico necesita algo más que papel quemado. Lo busco a ciegas, créeme.  Madera, la fortaleza de la leña, el chisporroteo de las ramas, hojas y la explosión, ante el calor, de alguna semilla.

Clau habla de esa llama que en las brasas florece cuando a la buena hoguera tiras un papel. Pero ahí estan las grandes brasas del amor ondeando, con capacidad de recordar que empezaron siendo papel. Pero un papel que tiene dónde caer, que tiene dónde incendiarse, dónde fundirse, la piel con el alma, el encuentro del fuego con la madera, el humo caliente de la chimenea.

Ya no quiero papel quemado. Al azar, porque si, en cualquier lugar, incendiado unos instantes para luego desvanecerse y que no queden más que unas minúsculas cenizas en un aire de frío, amnésico, incapaz de ir más allá.

Quiero ser bosque en la hoguera, quiero morir para renacer, quiero encontrar la llama, las brasas que me incendien, no un rato, sino para siempre.

Con premeditación, sin alevosía ni ensañamiento.

Sin anticipación, sin urgencia ni bomberos ni quemaduras de tercer grado.

Unas buenas brasas para tirar papel y tirar papel y arder, arder, arder hasta desaparecer o quizás, en el fuego, nacer.

 

Amigas

Nos juntamos por la noche, planeamos la escapada, le robamos a la rutina un paréntesis, nos deslizamos, a veces, por la madrugada, para encontrarnos. Nos enseñamos nuestros malos pensamientos, volcamos nuestra sombra sobre la mesa y la desmigajamos, nos empatizamos mutuamente, nos reconocemos la una en el reflejo de la otra. Juntas, hacemos simple la complejidad, nos confesamos lo inconfesable, nos compartimos el lado oscuro, miramos detrás de la careta donde está nuestra cara y en ella, nuestra mirada. Podemos reír y llorar a la vez, hablar sin parar hasta que el silencio se posa en nosotras, y entonces es deleite tenernos la una a la otra. Y quizá pasen meses hasta que consigamos engañar a la rutina y a lo urgente y consigamos juntarnos para lo verdaderamente importante. Pero no importa porque el tiempo se convierte en algo relativo  y la distancia se empequeñece, porque queda latiendo, vivo, el recuerdo del encuentro.

 

A todas mis amigas, mujeres, madres y no madres, esas por las que dejo de hacer lo urgente para hacer lo importante.

La oveja negra

Siempre fui la oveja negra en un rebaño de impolutas ovejas blancas.  

Lo que yo hacía daba igual, siempre estaba impregnado de mi esencia, de mi ser ¿cómo deshacerse de uno mismo? ¿cómo apagar la luz del alba?

Fácil. Empecé a andar de puntillas, hacía poco ruido, me escurría por los millones de huecos que se quedan entre los ladrillos del muro, vivía una vida secreta, escondida en mis cuadernos, en mis canciones, en mi pensamiento. Ahí nadie podía atraparme.

Pero poco a poco esas ovejas blancas colonizaron también mi pensamiento, estaban dentro y estaban fuera, trepaban las montañas, me robaban la pureza de mi color.

Un día hubo una gran invasión, los lobos corrían montaña arriba, la sangre manchó las rocas, tuve que defenderme.

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Por casi primera vez en mi vida dije “basta”.

Ya no soy una niña a la que modelar como la arcilla, ya tomé mi propia forma a pesar de aquellas manos que me apretaban con fuerza, intentado que me amoldara a su prisión. No soy esa que ellos me proponen, no soy esa a la que obligaban a saltar, no soy esa que ellos quieren que sea. Soy otra, soy yo, soy esa oveja negra que ha encontrado a las de su raza, algunas estaban también entre las ovejas blancas. Atravesé el bosque a solas, los lobos aullaban a lo lejos pero encontré a las míos, con ellos junto las manos y construimos algo nuevo, nos fundimos.

Me despido de aquel rebaño. Lo lamento, quizá algún día puedan aceptarme, mientras tanto me alejo, como haría una pluma ante un ventilador.

La ceremonia de Aarón

Hoy he tenido el inmenso placer de haber sido invitada a la ceremonia de el hijo pequeño de unos amigos. 

Ha sido algo realmente emotivo y hermoso.

En estos tiempos en los que el ritual se ha ido enterrando.

Cuando alguien muere parece que ya no existe el derecho al luto, a llorar, a vestirse de negro para sanar las heridas en la oscuridad, hasta un día renacer. Sobrevive a duras penas el ritual del amor, de cantar la noticia en voz alta, sin miedo de prometer delante de tus amigos que cuidarás de esa persona hoy y mañana, de arriesgarte  a decir “para siempre”, aunque te tiemble la palabra en los labios.

Hoy he tenido la fortuna de ver el ritual de la nueva vida que ha venido, que esta aquí, que nos eligió.

La ceremonia de Aarón ha sido un espacio de tiempo suspendido, con un brillo de tarde de septiembre entrando en el otoño, ha sido una jornada de pétalos al vuelo, de agua sobre la frente, de collares de flores, de alzar la vida al aire, de niños que juegan. 

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La sacerdotisa dijo que nuestros hijos nos han elegido, que para ellos somos los padres perfectos, encajando como un puzzle en las necesidades de su vida, que lo que un niño necesita y más ama es tener a sus padres.

Todos nos hemos emocionado.

La culpa tiembla ante una afirmación tan poderosa, se derriban los muros que ella fortifica, esos síndromes del mal padre o mala madre y de pronto crece la esperanza como un brote tierno, dulce, espontáneo.

Me he sentido en familia.

El ritual nos hace detenernos en los momentos de la vida importantes, nos ayuda a mirarnos, nos une, nos convierte de pronto en tribu humana, sabernos de la misma raza, perseguidores de los mismos sueños, atravesando los mismos momentos, naciendo, viviendo y muriendo. El ritual nos unifica, nos recuerda que somos animales conscientes de su fin y de su principio.

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Ver a una madre leerle una emotiva carta a su bebé, que inocente juega con algo, abstraído, curioso, ver a un padre alzar a su hijo en brazos como un león.

Me ha inundado de dicha ver a unos padres que se aman, que se miran, que no tienen miedo a la profundidad, que comparten su camino con su gente, que te hacen sentir parte de su familia. Me ha dado una inmensa alegría ver que es posible vivir sin miedo, caminar la senda hacia el amor. 

Y compartirlo con Yann. Este nuevo camino, este grito, este comienzo, este decir “ya no temo, ya no tengo miedo”.

Gracias David y Gabi, gracias Aidán y gracias pequeño Aarón.