Nuestra nueva religión

SUPERHÉROES

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Tienes cuatro años y medio. Ese medio es importante para ti. Eres la vocecita que siempre lo recuerda.

Te gustan los superhéroes y te preguntas sobre ellos a diario. Entre tus favoritos están el clásico Spiderman y el infatigable Superman, siempre vigentes, como referencias fantásticas e inmortales. Luego están las variantes de poderes mágicos y materias, desde la fuerza y la dureza del diamante hasta la rapidez del rayo.

Los invisibles son los que me gustan a mí. Me gustan los superhéroes que habitan en cada uno de nosotros y que esperan la ocasión especial para mostrarse. Esos son los superhéroes que yo me pido, los cotidianos, los humildes, los sencillos. Los que ofrecen una mano salvadora, los que escuchan cuando es preciso, los que hacen poco ruido, los que van camuflados de persona normal, los que no se exhiben, los que curan sin tocar, los que besan con los ojos, los que abrazan con su presencia.

Cuando me preguntas cual es mi favorito  te respondo “Superhéroe-amor”. Llevo dándole vueltas varios días, no creas. “Ese no existe, mamá”.

Oh, claro que existe, está en todos nosotros y si lo alimentas se hará un gigante. Es muy poderoso porque siempre convence a los malos de que odiarse nunca nos permite ganar. Superhéroe-amor consigue que el villano decida no querer matar y que se transforme un ser humano muy humano, con historia que contar, con lágrimas acumuladas, con una risa única, con manos, con regazo, con secretos, con fantasías, con capacidad de sufrir dolor, con la fortuna de entender. Superhéroe-amor tiene ese inmenso poder, ¿te imaginas? Hace desmoronarse a los malvados, convierte el infierno en un lugar en el cual poder estar, porque Superhéroe-amor deja que los demás se enfaden si lo necesitan, porque él sabe escuchar, tiene unas inmensas orejas de colores para escucharlo todo, tiene unos inmensos labios para besarte a miles de kilómetros de distancia, unos brazos elásticos que te abrazan en cualquier lugar, aunque te escapes volando.

Superhéroe-amor será mi desafío a los dibujos violentos de Tom y Jerry, a los malvados sobrinos del Pato Donald, a las ardillas rencorosas de Chip y Chop, Superhéroe-amor será  mi manera de crearte un mundo fantástico en el que yo también pueda entrar, en el que yo creo sin dudarlo, por el cual respiro. Será un mundo que podremos crear juntos y superhéroe-amor será solo el humilde fundador de nuestro universo.

Me pediré Superhéroe-amor para llenarte de besos mientras nos revolcamos por el sofá, para abrazarte, para salvarte de una enfermedad imaginaria y extraña o de la mosca tse tse, me pediré Superhéroe-amor para librarte de la muerte a cosquillas, para ser eterna a tu lado por un instante, para vivir este presente único con cada uno de mis sentidos al cien por cien, me pediré Superhéroe-amor para pedirte perdón cuando te he gritado, para reconocerte con valentía que yo también me equivoco o que a veces no tengo respuestas.

Hace poco le has contado a la abuela quién es Superhéroe-amor.  Es increíble, ¡Dices que es tú favorito! Sonríes cuando hablas de él, ¡lo has hecho tuyo! Nos hemos emocionado los dos mientras se lo contabas, se nos ponían los ojos brillantes. No puedo estar más feliz, ya hay un testigo más en nuestro mundo, ya tenemos el primer simpatizante de nuestra extraña religión.

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(Fotografías:  Izabela Urbaniak. Un verano sin ordenadores. http://culturainquieta.com/es/foto/item/7736-izabela-urbaniak-documenta-el-verano-sin-ordenadores-ni-internet-de-sus-hijos.html)

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Pajarito

Hace cuatro años y una semana empezaba tu conquista de la vida. Yo me hacía grande al sostenerte a ti en mis brazos y el regazo me crecía, como una nueva parte del cuerpo, para acogerte. Soy el nido para tu fragilidad, mi pajarito querido.

Hace cuatro años nacíamos los dos de mí, yo pasaba de ser niña a ser mujer y tú te encaminabas de prisa al niño grande que hoy eres. Ahora corres como un huracán hacia mí, me preguntas temprano, cuando acabamos de despertar, sobre la vida, sobre la muerte. Aún con el pelo revuelto y tratando de ordenar mi mente, te respondo, mi amor. La muerte es para mí como nacer, irse a un lugar más grande, ser mundo, aire, volar con las nubes. “¿También ser abeja mamá?”, si, mi amor, también abeja. Y entonces te vas emitiendo un zumbido, agitando tus brazos estirados como alas, mi pajarillo del alba. Al rato vuelves, has estado pensando mientras saltabas en la cama, “Pero mamá, el abuelo de Clara se murió, y se murió para siempre”. Me dejas sin palabras.

Pero se que entre nosotros existe lo eterno porque yo viviré en ti para siempre.  Ser padre, ser madre, te permite eso, avanzar sobre el tiempo sin verlo, tocar el futuro sin sangre, vivir el mañana sin cuerpo, habitar el corazón de un ser nuevo pero esta vez sin peso, con levedad, sin riesgos.

Cuatro años.

Estás atando cabos, unes realidades, juegas con los conceptos, ya tenemos conversaciones. Me dices que me quieres y me abrazas fuerte. Yo te memorizo en mi mente para no olvidar nunca tu momento presente, porque creces, porque el tiempo se va, porque quiero atrapar este instante, estar así como estamos, pero para siempre. Eres mi familia, ¿cómo puedes llenar la casa así, ser tan grande?

Cantas, conjugas verbos, estás aprendiendo a leer, mientras yo te dedico poesías tu escribes letras sueltas.

Te estoy escribiendo un libro para explicarte lo que del mundo no se, me lo susurras cuando duermes, me lo gritas cantando, me lo muestras con sigilo.

Me colma tu sabiduría,  siempre seré tu nido, mi pajarito querido.

 

 

Tres años ya

 

Otoño de 2013

Tres años desde tu principio, asomándose el fruto en la madurez de mi vida. Desde entonces cuento los años desde tu comienzo, desde el día en que yo también nací, a través de ti. Una mujer nueva, una mujer.

El día que naciste el sol calentaba como la lumbre. Era un calor de otoño. Ahora entiendo porque dices que tu color favorito es “ese naranja” mientras con tu dedito señalas el color del atardecer o el del alba.

Contigo he descubierto el olor de la mañana, las horas tempranas, el sonido de la madrugada. 

Contigo he conocido el dolor de dar la vida, que es como morir para nacer de nuevo, convertida en madre.

Contigo he descubierto la medida infinita de mi amor, mi paciencia, mi canto, mi voz en la noche oscura para protegerte, mis fuertes brazos y también mi regazo.

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Contigo he descubierto que tengo fe,  porque se que viviré en ti, que soy eterna, que seré joven siempre, en la sangre que recorre tu cuerpo, que es también mi sangre.

Contigo.

Principito, pelo de paja, pequeño rubio, cara de sol.

Contigo he aprendido el sentido de las lecciones, el verdadero sabor del amor, de un amor que no mide, que no calcula, que no espera nada, que simplemente está. Contigo otros amores se evidenciaban vacíos. Viniste a mostrarme la verdad, contigo me he quitado la venda, he aprendido a volar, temerosa, agarrada a tus manitas de ángel, escuchando la canción que venías a traerme, quién sabe de dónde.

Estaremos siempre unidos y sin embargo, el hilo que nos une, cada día es más largo, crece, como creces tú, crece a la medida de tus alas, a la altura de tu vuelo.

Tres años.

Tres años, treintainueve lunas, tres veranos…

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Feliz cumpleaños principito, pelo de paja, pequeño rubio, cara de sol.

 

Ángel

Nada importa tanto como para olvidar que estoy aquí, en tu momento presente, en tu tiempo de niño de cristal o de isla, nada importa más que el día de hoy, cada día, cada hora, nada importa más que escuchar el viento, cerrar los ojos un segundo, sentir agradecimiento por tenerte cerca, en mi vida. Me enseñas cada día la medida de tu vida, la altura de tus ilusiones, sin límites, la intensidad de tu rabia, sin barreras, para que pueda escucharla y me arranques, una vez más, de ese futuro en mi cabeza que no existe en realidad. Eres mi ángel, el que vino a susurrarme los misterios de lo cotidiano ya desde el calor de mi vientre, el que viene a recordarme el sonido de mi voz, en la noche, al cantarte. Eres tú, el mensajero del mundo de lo eterno, que viniste empapado de toda esa sabiduría y aunque a veces parece que estás cada día más lejos de aquello, de pronto una mirada, un gesto, una palabra, me hacen recordar que naciste hace bien poco y que todavía no has olvidado. Me haces desear y querer construir nuestra vida para que no olvides quien eres y que naciste un día, por vez primera. me haces mirarme en el espejo de tu asombro, de tu dicha, de tu enfado, de tu miedo, para que pueda verme y seguir caminando hacia un mundo nuevo, distinto, nuestro.

Mamá, ¡quiero tocar la luna!

Llorabas desconsoladamente. Mamá, ¡quiero tocar la luna!

No podías creer no poder alcanzarla, tocarla con tus pequeñas manitas que no pierden detalle de nada.

La luna, tras el cristal de la ventana de la cocina, mostraba su gracia, tan lejana. “¡Yan tocar luna!” repetías una y otra vez ahogado por los sollozos que sacudían tu menudo cuerpecito. Me acordé de Calígula caminando hacia el horizonte tratando de alcanzar la luna caminando hacia un límite que camina a la vez que él y su impotencia de querer y no poder. Mientras, la luna, sonreía, enternecida por la magnitud de tu deseo, brillando más todavía en su redonda belleza de madre y mujer, reina de las mareas.

Yo, derretida más que la propia luna te abracé y te acompañé en el sentimiento. Yo también deseaba subir al cielo y cogerla para ti pero ¿que más podía hacer que mirarla a tu lado y aceptar que es hermosa y que yo también quería alcanzarla? ¿Qué más podía hacer que aceptar que si, es cierto, somos muy pequeños? ¿Qué más que admirar la inmensidad, compartirla contigo, en tu nuevo camino hacia el descubrimiento del mundo?

Tras muchos llantos y sollozos caíste dormido en mi regazo de madre, y entonces, desde muy arriba, a travesando el cristal del la ventana, la luz de la luna te secaba las lágrimas.

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Lo has conseguido

Desde que naciste supe que ya no podía posponer más la decisión.  La decisión de que el humo, el asfalto y el polvo quedarían lejos, para los días de domingo y visitas.

Desde que naciste me sumergí en el mundo de lo natural, de lo no-corrosivo, de lo no-contaminante. Pero no sólo en mi vida social o militante (historia para otro post) sino también en mi día a día, en mi cotidianidad.

Miro por la ventana, las cajas se apelmazan frente a la terraza y frente a la terraza está, expectante, la montaña.

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Lo he conseguido. Lo has conseguido. Con tu nueva vida empujarme al origen, llevarme de nuevo a la tierra.

Los años más felices de mi vida los viví en la sierra. Llegué allí con nueve años, emocionada, las cumbres nevadas se veían desde la ventana de mi clase, cualquier lección de la profesora se quedaba pequeña frente a la grandeza de aquel cielo. Jugábamos a hacernos los muertos en el patio y los buitres tardaban poco en girar a nuestro alrededor, aceptando nuestro juego. Estábamos horas observándolos volar, deseando con todas nuestras fuerzas que bajaran a picotearnos los pies. En el patio de mi colegio había piedras gigantescas para saltar, había ardillas descaradas que nos engañaban  pícaras, para que les regalásemos nuestra merienda. Mi colegio no se llamaba “Divino Maestro” ni “Asunción de Nuestra Señora”, se llamaba “Pico de la Miel” y eso me provocaba una extraña dicha. A veces se ponía a nevar y nos teníamos que ir a casa corriendo porque sino la ruta corría el peligro de quedarse atrapada por la nieve. Había veces que nevaba tanto que no íbamos al colegio durante varios días.  Recuerdo que quedaba con Marta en mitad del camino nevado, veíamos las pisadas de los conejos y algún zorro sigiloso. El silencio blanco envolvía el valle, mi perro se revolcaba feliz en la nieve.  Entonces esos días eran una fiesta.

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Recuerdo aquellos atardeceres, el sonido del tomillo chisporroteando en la estufa de leña, aquel olor a lavanda. No puedo olvidar aquel cielo que se me caía encima, lleno de estrellas, la curiosidad de desear saber como se llamaba cada una de ellas.

No he podido olvidar aquella felicidad, lleva años cantándome al oído, escribiendo en mis cuadernos.

(Foto portada y montaña Nablues)

Frágil

A veces me embarga el miedo más atroz, la pesadilla, la posibilidad de que algo te pase. 

Desde que me separé he tenido que reforzar mi fe. Porque no puedo estar siempre mirándote, porque no puedo ser tras la puerta la eterna vigilante de tu rutina, de tu vida sin prisa, de tu exploración lejana, lejos de mi, en otra ciudad en vacaciones, en otra casa.

Sobrevivir a la imaginación de las posibilidades de tu vida en peligro solo se superan con fe (manteniendo las condiciones de seguridad fundamentales, por supuesto).

Tener fe en que la vida y el mundo te cuidan. Confiar en que eres superviviente y que el continum está en ti, a pesar de que nos alejemos tanto de ese latir esencial, de nuestro instinto primigenio.

Confío en el orden de las cosas, que vienen cuando han de venir, siempre para enseñarnos algo.

Desde que naciste y tu frágil cuerpo me afirmaba la muerte a la vez que la vida, he tenido que agarrarme al “que sea lo que Dios quiera” como un salvavidas en mitad de una tempestad.

¿Qué otra cosa hacer?

¿Amargarnos la vida? ¿Proyectar posibles finales? ¿Hacer real, en nuestra cabeza, aquello que jamás queremos que pase en vida? ¿Vivir sin vivir, imaginando tragedias, adelantándonos a todas sus  posibles caídas?

Es cierto, cuando nace un hijo nace también la realidad del peligro, la noción de nuestra mortalidad, de nuestra fragilidad en un tiempo finito, que no es eterno.

Desde que soy madre me dan más miedo las alturas, los hierros oxidados, los cristales que hay en el suelo, los coches, las carreteras, las puertas que de golpe se cierran, las vías, las ventanas, las escaleras.

Porque lo miro todo a través de tu fragilidad. Porque miro el mundo a través de tu cuerpo nuevo, porque quiero conservarte para siempre, porque no quiero pensar en lo impensable.

Pero no puedo controlarlo todo y frente a eso ¿que hago?

Confiar en que la vida te guarda, en que los pequeños ángeles tienen más ángeles grandes a su alrededor, en que tienes un halo que te protege, en que es verdad que eres de goma, en que si pasara lo impensable sería por algo, en que tu vida está conmigo ahora y en que es así como debe de ser.

En que todavía nos quedan muchas eternidades, en que has nacido para ser un hombre y en que el mundo te necesita, como necesita la noche al alba, como necesita el campo al agua. Que has nacido para vivir, que estás diseñado todo tú, para eso, que eres fuerte y que el tiempo está contigo, del lado de tu latido.

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¿Qué otra nos queda que confiar?

Eres mi espejo


Eres mi espejo.

Tu vida traía una propuesta firme, bien clara. La de mirarme en tu reflejo.

Eres mi espejo.

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Me veo en ti, me reconozco en ti, me niego en ti.

Eres ese pedazo de mi ser que tiene su propia libertad, me haces verme, en tus gestos, en tu habla, me haces conocerme más, me señalas un camino que asusta y que a la vez me hace más bella, más sincera. Tu me empujas a ver mis errores, me los plantas a la cara y a pesar de ellos, me amas. Tu amor me sana, tu capacidad de perdón, eres capaz de volver a mirarme aunque te haya gritado, me haces descubrir que mi amor no tiene límites aunque a veces esté cansada, evidencias con tu vida que mi paciencia es infinita.

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Si tú sufres yo sufro y por tu sonrisa soy capaz de cualquier cosa. A veces he llorado contigo y he pasado por encima de lo que se supone que  “está bien o está mal hacer contigo” y eso nos ha unido.

 

Me enseñas la capacidad del perdón. Porque cuando he perdido el control a causa del cansancio o la falta de paciencia no te has pensado ni un segundo el perdonarme y eso me ha hecho sentir pequeña al lado de tu grandeza de niño, de tu inmensa inocencia.

Me haces a veces olvidar el tiempo y de pronto me veo de nuevo, divirtiéndome de mancharme con la tierra, de pisarla con los pies descalzos, de correr cuando no he dormido, de mojarme cuando estoy seca. A veces me veo pronunciando para mí un “qué más da”. Porque a veces me cuesta y olvido que crecerás, se me olvida que este momento es único, que ya no volverá, que soy yo la que lo edifico en tu recuerdo, que estoy siempre, en tu memoria, construyendo puentes que algún día te lleven hasta mi.

Me haces verme de niña, me recuerdas a mi, en tu sensibilidad, en tu dolor, en tu inocencia, en tu capacidad para amar.

Me haces enfadarme con quien fui, consigues que piense en lo que no quiero, que revise constantemente mi actitud contigo, porque tu tristeza a veces es señal de que algo falla y cuando encuentro la respuesta me reconcilio con el mundo, me hago amiga de el reflejo que me devuelve tu espejo, vuelve la luz a mi vida, la luz que da el conocimiento, la solución de los problemas, me haces darme cuenta de que soy una buscadora eterna de la felicidad.

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Eres mi espejo y siento que contigo corto la cadena, la cadena del odio en este mundo, que con nuestro amor plantamos una semilla, que sumamos en la balanza del lado de amor, que nuestro amor es revolucionario, que nuestro amor está del otro lado, del lado de la vida, de lado del árbol, del lado del canto, del otro lado del espejo.

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Entonces nació

Entonces naciste y lo de dentro estaba fuera y viceversa. Yo estaba también vertida y el contenido eras tú. Repleto de preguntas, de vida, de una sabiduría venida de muy lejos.

Nuestros latidos habían estado cantando juntos, inventando ritmos. La vitalidad brillaba en mi, yo bromeaba diciendo que era normal, mi cuerpo estaba albergando dos corazones.

Luego, pequeño maestro, viniste a traerme tu verdad, con tu inocencia y tu pureza.

Cuando estabas aún en mi vientre releía El Principito una mañana y lo contradecía: no es cierto que se ame sólo lo que se conoce. Yo no te conocía y te amaba, te abrazaba con todo mi cuerpo, por dentro. Me preguntaba ¿cómo se puede amar algo tan pequeño?

Ahora creces, te deslizas por el tiempo, ahora cuento los años a través de ti, ya tienes dos. Lo llenas todo de color, pintas con tizas las paredes y las aceras, desperdigas tus juguetes por la casa, llenas el aire con tu voz de flauta, muy dulce. Cuando duermes reafirmas la calma y poco a poco descubres la palabra. Es hermoso volver a crecer contigo, dejar la puerta abierta a la memoria, revivir mi niñez con tu vida.

Es hermoso recordar la niña que yo fui y entenderla por fin, gracias a ti. A tu libertad de expresión, a tu certeza de ser amado, a tu posibilidad de decir no y a la alegría con la que abrazas la vida, cada mañana cuando abro la persiana y gritas eufórico: ¡Ya es mañana!

Gracias por existir, por enseñarme cada día la magnitud de tus emociones, por ayudarme a subir hasta ellas, escalando la montaña de mi propio ser.

Pequeña flor de carne, gracias para siempre.

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El cuarto de Yan

Cuando te vas unos días se me recupera el amor que por ti siento, a veces un poco gastado por la rutina . Entonces la casa respira  quietud, entro a tu cuarto que está lleno de tu huella y lo observo. Entonces mi amor por ti, renovado y fresco, decide ponerse manos a la obra y prepararte una sorpresa que renueve tus juegos, que sorprenda tu imaginación de niño, tan pura. Cambio las cosas de sitio, te pongo al alcance nuevos materiales para que puedas recrear esos mundos de adultos a tu manera: cajitas con botones, nueces, conchas, una mesita con un mantel y sus cubiertos, muy chiquititos, un pequeño juego de escoba-recogedor-fregona que se que te va a volver loco y las castañas que recogimos este otoño y que nunca nos comimos. Todo dispuesto con tacto, en recipientes de metal, madera y plástico para que puedas jugar (tu juego en alza) a las cocinitas, a hacerme la comida y limpiar la casa.  Entonces me emociono y pienso: “Pequeño hombre, eres un ser terminado, listo, preparado para vivir, eres el futuro que sostengo, cuidadosamente con mis manos. Y tu tiempo se me escurre como el agua fresca, y tu vida me evidencia que la vida pasa y entonces sólo se una cosa: que deseo que mi amor deje en ti una huella, la huella de haber sido amado sabiendo lo que eres: un hombre muy grande en un cuerpo muy pequeño”.