MATERNIDAD

MALA MADRE

 

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La mala madre.

Ideas sobre la mala madre.

Residuos aún incrustados de la supremacía del hombre, de la mujer complaciente que rehúsa a lo que le clama su ser, un modelo en el cual esa renuncia a la realización personal es un comportamiento honorable.

Nuestros hijos necesitan madres radiantes, ejemplos vivientes del equilibrio de planos, no mártires silenciosas. Las hubo y mira lo que nos dejaron.  Desdicha en el sacrificio. ¿Soy por lo que hago una mala madre?

Te rodeo con mis brazos, inhalo tu olor de niño como una bombona de oxígeno en una burbuja de agua, apuro cada momento de nuestro tiempo, puedo sentir como te nutres de mi dicha, te iluminas cuando yo lo hago, te apagas también conmigo, eres el sensor de mi luz.

¿Soy una mala madre por exterminar la culpa de mí?

No quiero que pienses que te abandono, jamás lo haría, pero mamá es también mujer, mamá necesita también buscar su raíz, como lo harás tú algún día. Mamá necesita también ser feliz para enseñarte sin palabras lo que la felicidad es, cuando estés a mi lado, cuando notes que florezco. Me siento ahora rebosante para ti, mi pequeño amor, pedazo de mi ser.

Bailaré, amaré, crearé. Eso haré cuando no estés conmigo. Vivir  con placer una doble vida, dar salida a la otra que habita en mí para que no llegue el día en que me mate, para que no llegue el día en que deba abandonarlo todo.

Vierto después toda mi luminiscencia en nuestro tiempo, mamá está completa para ti, toma mi felicidad, te la regalo. Ese es mi ejemplo, ese es mi legado.

No soy una mala madre, soy una persona que lucha por lo que le clama su ser,

no soy una mala madre, también soy una mujer, doy salida a la dualidad en mí.

 

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(Fotografía: Retrato de la serie de  activistas de Femen “The New Amazons” por Guillaume Herbaut)

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SUPERHÉROES

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Tienes cuatro años y medio. Ese medio es importante para ti. Eres la vocecita que siempre lo recuerda.

Te gustan los superhéroes y te preguntas sobre ellos a diario. Entre tus favoritos están el clásico Spiderman y el infatigable Superman, siempre vigentes, como referencias fantásticas e inmortales. Luego están las variantes de poderes mágicos y materias, desde la fuerza y la dureza del diamante hasta la rapidez del rayo.

Los invisibles son los que me gustan a mí. Me gustan los superhéroes que habitan en cada uno de nosotros y que esperan la ocasión especial para mostrarse. Esos son los superhéroes que yo me pido, los cotidianos, los humildes, los sencillos. Los que ofrecen una mano salvadora, los que escuchan cuando es preciso, los que hacen poco ruido, los que van camuflados de persona normal, los que no se exhiben, los que curan sin tocar, los que besan con los ojos, los que abrazan con su presencia.

Cuando me preguntas cual es mi favorito  te respondo “Superhéroe-amor”. Llevo dándole vueltas varios días, no creas. “Ese no existe, mamá”.

Oh, claro que existe, está en todos nosotros y si lo alimentas se hará un gigante. Es muy poderoso porque siempre convence a los malos de que odiarse nunca nos permite ganar. Superhéroe-amor consigue que el villano decida no querer matar y que se transforme un ser humano muy humano, con historia que contar, con lágrimas acumuladas, con una risa única, con manos, con regazo, con secretos, con fantasías, con capacidad de sufrir dolor, con la fortuna de entender. Superhéroe-amor tiene ese inmenso poder, ¿te imaginas? Hace desmoronarse a los malvados, convierte el infierno en un lugar en el cual poder estar, porque Superhéroe-amor deja que los demás se enfaden si lo necesitan, porque él sabe escuchar, tiene unas inmensas orejas de colores para escucharlo todo, tiene unos inmensos labios para besarte a miles de kilómetros de distancia, unos brazos elásticos que te abrazan en cualquier lugar, aunque te escapes volando.

Superhéroe-amor será mi desafío a los dibujos violentos de Tom y Jerry, a los malvados sobrinos del Pato Donald, a las ardillas rencorosas de Chip y Chop, Superhéroe-amor será  mi manera de crearte un mundo fantástico en el que yo también pueda entrar, en el que yo creo sin dudarlo, por el cual respiro. Será un mundo que podremos crear juntos y superhéroe-amor será solo el humilde fundador de nuestro universo.

Me pediré Superhéroe-amor para llenarte de besos mientras nos revolcamos por el sofá, para abrazarte, para salvarte de una enfermedad imaginaria y extraña o de la mosca tse tse, me pediré Superhéroe-amor para librarte de la muerte a cosquillas, para ser eterna a tu lado por un instante, para vivir este presente único con cada uno de mis sentidos al cien por cien, me pediré Superhéroe-amor para pedirte perdón cuando te he gritado, para reconocerte con valentía que yo también me equivoco o que a veces no tengo respuestas.

Hace poco le has contado a la abuela quién es Superhéroe-amor.  Es increíble, ¡Dices que es tú favorito! Sonríes cuando hablas de él, ¡lo has hecho tuyo! Nos hemos emocionado los dos mientras se lo contabas, se nos ponían los ojos brillantes. No puedo estar más feliz, ya hay un testigo más en nuestro mundo, ya tenemos el primer simpatizante de nuestra extraña religión.

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(Fotografías:  Izabela Urbaniak. Un verano sin ordenadores. http://culturainquieta.com/es/foto/item/7736-izabela-urbaniak-documenta-el-verano-sin-ordenadores-ni-internet-de-sus-hijos.html)

Pajarito

Hace cuatro años y una semana empezaba tu conquista de la vida. Yo me hacía grande al sostenerte a ti en mis brazos y el regazo me crecía, como una nueva parte del cuerpo, para acogerte. Soy el nido para tu fragilidad, mi pajarito querido.

Hace cuatro años nacíamos los dos de mí, yo pasaba de ser niña a ser mujer y tú te encaminabas de prisa al niño grande que hoy eres. Ahora corres como un huracán hacia mí, me preguntas temprano, cuando acabamos de despertar, sobre la vida, sobre la muerte. Aún con el pelo revuelto y tratando de ordenar mi mente, te respondo, mi amor. La muerte es para mí como nacer, irse a un lugar más grande, ser mundo, aire, volar con las nubes. “¿También ser abeja mamá?”, si, mi amor, también abeja. Y entonces te vas emitiendo un zumbido, agitando tus brazos estirados como alas, mi pajarillo del alba. Al rato vuelves, has estado pensando mientras saltabas en la cama, “Pero mamá, el abuelo de Clara se murió, y se murió para siempre”. Me dejas sin palabras.

Pero se que entre nosotros existe lo eterno porque yo viviré en ti para siempre.  Ser padre, ser madre, te permite eso, avanzar sobre el tiempo sin verlo, tocar el futuro sin sangre, vivir el mañana sin cuerpo, habitar el corazón de un ser nuevo pero esta vez sin peso, con levedad, sin riesgos.

Cuatro años.

Estás atando cabos, unes realidades, juegas con los conceptos, ya tenemos conversaciones. Me dices que me quieres y me abrazas fuerte. Yo te memorizo en mi mente para no olvidar nunca tu momento presente, porque creces, porque el tiempo se va, porque quiero atrapar este instante, estar así como estamos, pero para siempre. Eres mi familia, ¿cómo puedes llenar la casa así, ser tan grande?

Cantas, conjugas verbos, estás aprendiendo a leer, mientras yo te dedico poesías tu escribes letras sueltas.

Te estoy escribiendo un libro para explicarte lo que del mundo no se, me lo susurras cuando duermes, me lo gritas cantando, me lo muestras con sigilo.

Me colma tu sabiduría,  siempre seré tu nido, mi pajarito querido.

 

 

Mujer de agua

Primavera de 2012

MUJER DE AGUA

A nuestras flores de carne que se harán frutos.


No puedo evitarlo.
Renace con la fuerza de una raíz,
de dentro de mí.
Desde que nació el hijo
emerge de mi profundidad una mujer nueva
a la que no puedo seguir negando,
de los abismos de mi ser,
me invade,
me posee,
me tiene.

Desde el silencio,
desde la mirada.
Renace algo nuevo
o viejo
Un recuerdo quizá,
olvidado,
invisible,
transparente como un cristal,
ahora lo atraviesa el sol y
ese cristal, esa ventana
se ilumina, refleja, hace de espejo.
Me deslumbra lo que veo.

Con un hijo nació también una mujer.
Ahora esa mujer esta empezando a verbalizarse,
a proclamarse,
y no titubea
y no por eso es más dura, más ardua, más coraza,
al contrario,
esa mujer es de agua.

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Tres años ya

 

Otoño de 2013

Tres años desde tu principio, asomándose el fruto en la madurez de mi vida. Desde entonces cuento los años desde tu comienzo, desde el día en que yo también nací, a través de ti. Una mujer nueva, una mujer.

El día que naciste el sol calentaba como la lumbre. Era un calor de otoño. Ahora entiendo porque dices que tu color favorito es “ese naranja” mientras con tu dedito señalas el color del atardecer o el del alba.

Contigo he descubierto el olor de la mañana, las horas tempranas, el sonido de la madrugada. 

Contigo he conocido el dolor de dar la vida, que es como morir para nacer de nuevo, convertida en madre.

Contigo he descubierto la medida infinita de mi amor, mi paciencia, mi canto, mi voz en la noche oscura para protegerte, mis fuertes brazos y también mi regazo.

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Contigo he descubierto que tengo fe,  porque se que viviré en ti, que soy eterna, que seré joven siempre, en la sangre que recorre tu cuerpo, que es también mi sangre.

Contigo.

Principito, pelo de paja, pequeño rubio, cara de sol.

Contigo he aprendido el sentido de las lecciones, el verdadero sabor del amor, de un amor que no mide, que no calcula, que no espera nada, que simplemente está. Contigo otros amores se evidenciaban vacíos. Viniste a mostrarme la verdad, contigo me he quitado la venda, he aprendido a volar, temerosa, agarrada a tus manitas de ángel, escuchando la canción que venías a traerme, quién sabe de dónde.

Estaremos siempre unidos y sin embargo, el hilo que nos une, cada día es más largo, crece, como creces tú, crece a la medida de tus alas, a la altura de tu vuelo.

Tres años.

Tres años, treintainueve lunas, tres veranos…

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Feliz cumpleaños principito, pelo de paja, pequeño rubio, cara de sol.

 

Ángel

Nada importa tanto como para olvidar que estoy aquí, en tu momento presente, en tu tiempo de niño de cristal o de isla, nada importa más que el día de hoy, cada día, cada hora, nada importa más que escuchar el viento, cerrar los ojos un segundo, sentir agradecimiento por tenerte cerca, en mi vida. Me enseñas cada día la medida de tu vida, la altura de tus ilusiones, sin límites, la intensidad de tu rabia, sin barreras, para que pueda escucharla y me arranques, una vez más, de ese futuro en mi cabeza que no existe en realidad. Eres mi ángel, el que vino a susurrarme los misterios de lo cotidiano ya desde el calor de mi vientre, el que viene a recordarme el sonido de mi voz, en la noche, al cantarte. Eres tú, el mensajero del mundo de lo eterno, que viniste empapado de toda esa sabiduría y aunque a veces parece que estás cada día más lejos de aquello, de pronto una mirada, un gesto, una palabra, me hacen recordar que naciste hace bien poco y que todavía no has olvidado. Me haces desear y querer construir nuestra vida para que no olvides quien eres y que naciste un día, por vez primera. me haces mirarme en el espejo de tu asombro, de tu dicha, de tu enfado, de tu miedo, para que pueda verme y seguir caminando hacia un mundo nuevo, distinto, nuestro.

Páginas de memoria

Hoy ha llegado a mi buzón una libreta que escribí hace ocho años.

Sonó el teléfono, una llamada en una tarde de otoño.

Escribí aquella libreta de viaje a un amigo. ÉL la acababa de leer esa misma tarde, la tarde en la que me llamó.

Su voz sonaba iluminada. Decía: “He llorado de emoción”.

Hoy apareció en mi buzón, en el interior de un sobre manuscrito, como un préstamo para ser leído, sin fecha exacta de devolución. La libreta roja, de tapas de cuero, me ha esperado unas horas encima de la mesa. Acostumbrada a esperar todos esos años, ese rato no suponía nada de tiempo.

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En sus páginas, una Mireia de veinte años relataba un viaje a Marruecos, describía con precisión su desmesurado atlas, el cielo muy azul del amanecer en Marraquech, sus gentes amables y el comienzo de un amor. El amor con el padre de mi hijo.

Y releyendo esas hermosas páginas cargadas de la ilusión por un amor nuevo, una determinación se dibujaba en mi mente: nunca le negaré al fruto su procedencia, nunca le ocultaré la semilla a la flor, nunca negaré lo que fui, nunca negaré que amé, que he deseado viajar y vivir viajando, ser nómada, que una noche en el desierto, el anciano de la tribu, tras arropar a todos los suyos antes de irse dormir y que el frío saharaui los sorprendiera, me arropó a mi y al padre de mi hijo, cómo un abuelito beréber al que adopté con gusto, y que bajo la manta sonreíamos emocionados, mirando una estrellita que se colaba por un hueco de nuestra jaima. Nunca le negaré que viví momentos bellísimos, que el cielo de la noche en las dunas del Valle de Draa se nos caía encima, que amé con locura, que me enamoré hasta los huesos, que sentí que había conocido al hombre de mi vida y que así resultó ser. Porque aunque las cosas no hayan funcionado como esperábamos, él siempre será el hombre de mi vida, aquel que me hizo madre, aquel con quién pase una gran parte de mi vida, llena de cambios, viajes, vidas que vienen y vidas que se van. Jamás le negaré a mi hijo nuestra historia de amor, en aquel Marruecos en Navidades, ajeno a los árboles de Navidad y a los regalos con papel de seda pero lleno de regalos gratuitos, soles que se parten antes de llegar a un horizonte naranja, para luego desaparecer y dar paso a la noche más bella y más grande que jamás he visto.

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No le negaré que él ha sido y es el fruto del amor, que paseábamos embriagados por el viejo barrio de Alfama, en Lisboa, con sus paredes que parecen de papel y que creíamos que era posible cambiar el mundo en ese mismo momento, con nuestras propias manos. No le negaré el teatro en la calle, los bailes de violines por las aceras de Madrid, no le negaré de dónde viene, por que él es eso, todo eso, condensado, transformado en materia.

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Y así, cierro las tapas de ese pequeño cuaderno y con él, me quedo con lo bueno, con lo que para siempre queda escrito, en las páginas de la memoria del corazón.

Mamá, ¡quiero tocar la luna!

Llorabas desconsoladamente. Mamá, ¡quiero tocar la luna!

No podías creer no poder alcanzarla, tocarla con tus pequeñas manitas que no pierden detalle de nada.

La luna, tras el cristal de la ventana de la cocina, mostraba su gracia, tan lejana. “¡Yan tocar luna!” repetías una y otra vez ahogado por los sollozos que sacudían tu menudo cuerpecito. Me acordé de Calígula caminando hacia el horizonte tratando de alcanzar la luna caminando hacia un límite que camina a la vez que él y su impotencia de querer y no poder. Mientras, la luna, sonreía, enternecida por la magnitud de tu deseo, brillando más todavía en su redonda belleza de madre y mujer, reina de las mareas.

Yo, derretida más que la propia luna te abracé y te acompañé en el sentimiento. Yo también deseaba subir al cielo y cogerla para ti pero ¿que más podía hacer que mirarla a tu lado y aceptar que es hermosa y que yo también quería alcanzarla? ¿Qué más podía hacer que aceptar que si, es cierto, somos muy pequeños? ¿Qué más que admirar la inmensidad, compartirla contigo, en tu nuevo camino hacia el descubrimiento del mundo?

Tras muchos llantos y sollozos caíste dormido en mi regazo de madre, y entonces, desde muy arriba, a travesando el cristal del la ventana, la luz de la luna te secaba las lágrimas.

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Lo que canta mi sombra

Te canto en la noche.

Antes de que tu cuerpo por fin descanse.

Ayer volviste con tu tos. Esa maldita alarma de algo que aún no consigo saber qué es.

Y como cada noche, hoy te he cantado también junto a mi guitarra. Le he cantado a tu extraña enfermedad, esa de la cual nadie me sabe decir la causa, ni la cura, ni nada. Esa que no te deja dormir, esa que consigue que me suba por las paredes. Porque la tos es irritante, no sólo para el que la sufre, también para quien la escucha, como una constante vital de algo que no marcha bien.

Entonces empezó el canto, desde lo más profundo de mi centro.

Volqué mi sombra en la canción y como la melodía perfecta que amansa a la fiera que por dentro te devora,  consiguió calmarte hasta dormirte. La tos paró, al menos unos minutos, para dar paso al sueño.

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Y si, volqué mi sombra, esa que quiere escapar, esa que quiere desaparecer del mapa sin dejar rastro, esa que sólo quiere cantar. La dejé bailar, la hice canción, bailé con ella, muy pegada, la acaricié el pelo.

Dejé que me hablara muy de cerca, al oído, que hiciera de su oscuridad, arte, lloré con ella. Escuché atenta lo que quería decirme. Y así, en la noche, al hijo le cantó esta canción:

“Fue tan oscuro el comienzo, que ahora creo que nos lo merecemos, 
fue tan difícil el encuentro, que ahora creo que es nuestro momento.

Tú te abrías paso en mi cuerpo, abriendo mi regazo al viento.

Estoy buscando un encuentro, para tenerte otra vez muy adentro.
Perdóname este pensamiento, nunca quise verte muerto…

Tu vida me ha traído tantos misterios, que no se si puedo sostenerlos…

Tu vida me llena de luz, aunque a veces, lo siento, yo quiero escapar de ti….

Tu vida me recuerda todo lo que no hice ayer, tu nueva vida me recuerda todo lo que quiero ser…”

Lo has conseguido

Desde que naciste supe que ya no podía posponer más la decisión.  La decisión de que el humo, el asfalto y el polvo quedarían lejos, para los días de domingo y visitas.

Desde que naciste me sumergí en el mundo de lo natural, de lo no-corrosivo, de lo no-contaminante. Pero no sólo en mi vida social o militante (historia para otro post) sino también en mi día a día, en mi cotidianidad.

Miro por la ventana, las cajas se apelmazan frente a la terraza y frente a la terraza está, expectante, la montaña.

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Lo he conseguido. Lo has conseguido. Con tu nueva vida empujarme al origen, llevarme de nuevo a la tierra.

Los años más felices de mi vida los viví en la sierra. Llegué allí con nueve años, emocionada, las cumbres nevadas se veían desde la ventana de mi clase, cualquier lección de la profesora se quedaba pequeña frente a la grandeza de aquel cielo. Jugábamos a hacernos los muertos en el patio y los buitres tardaban poco en girar a nuestro alrededor, aceptando nuestro juego. Estábamos horas observándolos volar, deseando con todas nuestras fuerzas que bajaran a picotearnos los pies. En el patio de mi colegio había piedras gigantescas para saltar, había ardillas descaradas que nos engañaban  pícaras, para que les regalásemos nuestra merienda. Mi colegio no se llamaba “Divino Maestro” ni “Asunción de Nuestra Señora”, se llamaba “Pico de la Miel” y eso me provocaba una extraña dicha. A veces se ponía a nevar y nos teníamos que ir a casa corriendo porque sino la ruta corría el peligro de quedarse atrapada por la nieve. Había veces que nevaba tanto que no íbamos al colegio durante varios días.  Recuerdo que quedaba con Marta en mitad del camino nevado, veíamos las pisadas de los conejos y algún zorro sigiloso. El silencio blanco envolvía el valle, mi perro se revolcaba feliz en la nieve.  Entonces esos días eran una fiesta.

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Recuerdo aquellos atardeceres, el sonido del tomillo chisporroteando en la estufa de leña, aquel olor a lavanda. No puedo olvidar aquel cielo que se me caía encima, lleno de estrellas, la curiosidad de desear saber como se llamaba cada una de ellas.

No he podido olvidar aquella felicidad, lleva años cantándome al oído, escribiendo en mis cuadernos.

(Foto portada y montaña Nablues)