Cuentos y relatos

Una sonrisa más

Trabajará sus diez o doce horas en el bar de la esquina, de pie. Un bar “Pepe” más. Menú a nueve euros. Los obreros, currelas y pintores son los que van a comer. Pero él me fascina, me alegra el día.

-¿El cortado-tado para quién?- pregunta sonriendo esperando a su vez una sonrisa, provocador pero tierno. -¿Leche fría, templada o del infierno? ¿Y el té azul para quién?-

Imposible no sonreír. Se va cantando-tando. Ha cumplido su misión. ¿Cuántas sonrisas llevará hoy? Y así cada día. Parece que su alegría se asienta sobre una felicidad reposada y cotidiana. Seguro que si le preguntas si es feliz no sabría qué decir, pero este tipo encontró la llave.

Ayer le vi en el colegio de mi hijo, llevando a clase a la que debiera ser su hija. Sin la bandeja y tras la barra no le reconocí. “Tenías las dos piernas” le dijo un amigo, cuando ya en el bar le vi y pude situarle dentro de su decorado. Soltó una carcajada sincera, como el agua de un caudal ,”eso no me lo habían dicho nunca” y debió apuntarse la broma en su libreta de camarero, su gran libro sagrado de los chistes y  la felicidad y así, conseguir mañana o pasado,

una sonrisa más.

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Ahora entiendes

Hoy me puse tu camisa. Tenía un descosido. Mientras la cosía cantaba, con una voz de madera, como una mujer antigua. Traté de cerrar el hueco por el que se colaba el aire, entoné la canción, la que hice para ti, Sophie. Las otras camisas las tiré, no podía soportar no verte dentro de ellas. Tras la gran mudanza que es morirse ahora estás en las flores, vuelas por fin dentro del viento de tu isla. Te veo bailar con las gaviotas, ellas vuelan contra el viento como tú hacías, sostenida, inmóvil en el umbral de lo posible. Y reías. Miro las gaviotas, ellas también ríen. Tantas cosas quedan siempre por decir. Estés dónde estés se que ahora entiendes, entiendes con aliento de mundo o tierra, con la luz del estallido final o primero, entiendes el dolor cuando ya se ha ido. Ahora se que entiendes a que me refiero. Te veo bailar volando con las gaviotas. Me dormiré con tu camisa puesta, visítame en sueños, hablemos de todo, déjame ser la mensajera de tu viento.   tumblr_n33piqmfkG1rn16pgo1_1280

Había una vez un reloj

Había una vez un reloj que se paró.

Sus manecillas dejaron de girar y girar para ponerle palabras al tiempo y sin embargo, su tic tac seguía ahí, dibujando la música,

también la música del tiempo.

Dentro de su agonía oía a las nubes frotarse, el viento en sus viejos oídos, la risa de los niños como un bálsamo muy suave y fresco.

Era otra manera de contar las horas, más plana y sosegada, sin círculos ni repeticiones, sin aquellas obligaciones marcadas por los números, sólo un tictac, un ritmo continuo para morir algún día en el silencio o la eternidad.

(La música más bella jamás oída bailaba con el silencio, callada)

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Recordar

Hay recuerdos estrella, recuerdos para guardar, para que te iluminen en los malos momentos, recuerdos que son como un sol, que se oyen desde  la distancia, que te evocan una felicidad lejana.

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Iba recogiendo moras en mi primer día de hacer algo “no productivo”. Las zarzas despeinándome el pelo, la conexión con la mujer primitiva, con la recolectora, detenerme en esa senda millones de veces andada por mi raza, la sangre que bulle, que reconoce, que se conecta. Como arar la tierra con los pies descalzos. Sucede algo, el ser se conecta con una acción millones de veces realizada durante la historia del ser humano, guardada en los genes.

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Entonces vino a mi memoria aquel día. Aquel día que le di a la tecla de guardar de mis recuerdos. Guardar, guardar, guardar. Hay momentos que se apuran como si fueran un sorbete, breve, intenso, fresco.

Estábamos en Lanzarote. Los volcanes, la tierra del fuego. Recogíamos moras, moras de morera, de árbol. Atardecía y el cielo estaba naranja, era un día claro en la isla y Sophie aún vivía. Estar a su lado era hacer evidente el tiempo, el tiempo que se le iba, en su manera de vivir, por como reía, por como se tumbaba sobre la hierba seca, por como miraba las cosas. Ahora sus cenizas vuelan, ella es un pájaro, yo la veo en las gaviotas, vuela por los riscos de Famara, los mismos riscos que mirábamos esa tarde, con aquel atardecer en los ojos.

Recuerdo que estaban Estif y Silvia, su hermana pequeña, Robin y su madre,  también la Juani, los franceses y no se quién más. Recogíamos las moras cantando como hombres y mujeres antiguos, de campo. Nos las comíamos, nos reíamos como niños hasta que a alguien se le ocurrió chafarle a otro una mora en la cara. La tinta morada corría por su cara y entonces empezó la guerra de la fruta, el festival del color, las manos rojas, parecía que estábamos llenos de sangre, jugando a los zombies, a los muertos vivientes. Todos unificados por el juego, por la carcajada. Hicimos una foto de todas nuestras manos juntas en un círculo.

Después las vistas desde el risco, sentirnos pequeños, aquel vértigo, aquella felicidad simple, de unicornio o de isla. 

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Entonces, mirando el horizonte, pensé: “y todo esto ha sido gratis”. El dinero no había intervenido en aquella fiesta, aquello fue un regalo de la tierra, de las personas que éramos, de estar juntos en aquel paraíso sencillo, de higuera y tierra seca.

Guardar, guardar recuerdo, guardar la cara, el gesto, la luz, la intensidad, el sabor de ese momento.

Ese momento vino a verme ayer, mientras recogía moras, de nuevo, como si conectara de nuevo, como dos vasos comunicantes, como un río que llega a su mar y se encuentra con otros ríos. 

Ese recuerdo vino a salvarme, como una barca en medio de un mar, como el recuerdo del verano cuando amanece en la tierra helada.

A veces hay que darle a “guardar” para luego, con los años, recordar.

 “Recordar”, que en latín significa, “volver a pasar por el corazón”.

 

Páginas de memoria

Hoy ha llegado a mi buzón una libreta que escribí hace ocho años.

Sonó el teléfono, una llamada en una tarde de otoño.

Escribí aquella libreta de viaje a un amigo. ÉL la acababa de leer esa misma tarde, la tarde en la que me llamó.

Su voz sonaba iluminada. Decía: “He llorado de emoción”.

Hoy apareció en mi buzón, en el interior de un sobre manuscrito, como un préstamo para ser leído, sin fecha exacta de devolución. La libreta roja, de tapas de cuero, me ha esperado unas horas encima de la mesa. Acostumbrada a esperar todos esos años, ese rato no suponía nada de tiempo.

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En sus páginas, una Mireia de veinte años relataba un viaje a Marruecos, describía con precisión su desmesurado atlas, el cielo muy azul del amanecer en Marraquech, sus gentes amables y el comienzo de un amor. El amor con el padre de mi hijo.

Y releyendo esas hermosas páginas cargadas de la ilusión por un amor nuevo, una determinación se dibujaba en mi mente: nunca le negaré al fruto su procedencia, nunca le ocultaré la semilla a la flor, nunca negaré lo que fui, nunca negaré que amé, que he deseado viajar y vivir viajando, ser nómada, que una noche en el desierto, el anciano de la tribu, tras arropar a todos los suyos antes de irse dormir y que el frío saharaui los sorprendiera, me arropó a mi y al padre de mi hijo, cómo un abuelito beréber al que adopté con gusto, y que bajo la manta sonreíamos emocionados, mirando una estrellita que se colaba por un hueco de nuestra jaima. Nunca le negaré que viví momentos bellísimos, que el cielo de la noche en las dunas del Valle de Draa se nos caía encima, que amé con locura, que me enamoré hasta los huesos, que sentí que había conocido al hombre de mi vida y que así resultó ser. Porque aunque las cosas no hayan funcionado como esperábamos, él siempre será el hombre de mi vida, aquel que me hizo madre, aquel con quién pase una gran parte de mi vida, llena de cambios, viajes, vidas que vienen y vidas que se van. Jamás le negaré a mi hijo nuestra historia de amor, en aquel Marruecos en Navidades, ajeno a los árboles de Navidad y a los regalos con papel de seda pero lleno de regalos gratuitos, soles que se parten antes de llegar a un horizonte naranja, para luego desaparecer y dar paso a la noche más bella y más grande que jamás he visto.

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No le negaré que él ha sido y es el fruto del amor, que paseábamos embriagados por el viejo barrio de Alfama, en Lisboa, con sus paredes que parecen de papel y que creíamos que era posible cambiar el mundo en ese mismo momento, con nuestras propias manos. No le negaré el teatro en la calle, los bailes de violines por las aceras de Madrid, no le negaré de dónde viene, por que él es eso, todo eso, condensado, transformado en materia.

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Y así, cierro las tapas de ese pequeño cuaderno y con él, me quedo con lo bueno, con lo que para siempre queda escrito, en las páginas de la memoria del corazón.

Mamá, ¡quiero tocar la luna!

Llorabas desconsoladamente. Mamá, ¡quiero tocar la luna!

No podías creer no poder alcanzarla, tocarla con tus pequeñas manitas que no pierden detalle de nada.

La luna, tras el cristal de la ventana de la cocina, mostraba su gracia, tan lejana. “¡Yan tocar luna!” repetías una y otra vez ahogado por los sollozos que sacudían tu menudo cuerpecito. Me acordé de Calígula caminando hacia el horizonte tratando de alcanzar la luna caminando hacia un límite que camina a la vez que él y su impotencia de querer y no poder. Mientras, la luna, sonreía, enternecida por la magnitud de tu deseo, brillando más todavía en su redonda belleza de madre y mujer, reina de las mareas.

Yo, derretida más que la propia luna te abracé y te acompañé en el sentimiento. Yo también deseaba subir al cielo y cogerla para ti pero ¿que más podía hacer que mirarla a tu lado y aceptar que es hermosa y que yo también quería alcanzarla? ¿Qué más podía hacer que aceptar que si, es cierto, somos muy pequeños? ¿Qué más que admirar la inmensidad, compartirla contigo, en tu nuevo camino hacia el descubrimiento del mundo?

Tras muchos llantos y sollozos caíste dormido en mi regazo de madre, y entonces, desde muy arriba, a travesando el cristal del la ventana, la luz de la luna te secaba las lágrimas.

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Celebrar la vida

Belén se ha enamorado, ahora ella y su nuevo novio llevan siempre confeti en el bolso y de vez en cuando lo tiran por los aires y se mueren de la risa.  Me cuenta que le gusta ver el confeti por la alfombra de su cuarto, como si la vida fuera siempre una fiesta que celebrar.

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La felicidad es una conquista, le decía siempre a Robin. Él se creía que mi felicidad era un regalo del cielo, algo con lo que uno nace o no. Como si no fuera una montaña que escalar cada día, como si no fuera una inmensa masa de arcilla que modelar y dar forma, como si la felicidad no entendiera de trabajo o de gratitud.

Uno encuentra siempre motivos. Motivos para todo. Para llorar, para reír, para desesperarse, para llenarse de impotencia, para pudrirse de odio, para amar cada partícula de este mundo, para desear que se acabe o que empiece de nuevo.

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Siempre hay motivos para todo, estamos vivos.

Pero la felicidad es esa extraña conquista a la que todos queremos llegar, es un clásico universal al que se accede de infinitas maneras pero siempre con esfuerzo y constancia. Algunos lo tienen más fácil es cierto, pero las oportunidades no faltan.

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Victor Frank en su libro “El hombre en busca de sentido” cuenta cómo cuando era preso en un campo de exterminio nazi, él y los demás reclusos todos los días salían de sus barracas para ver el atardecer. Sin comida, con frío, llenos de heridas, derribados por el cansancio y la enfermedad, aquel atardecer les brindaba belleza y les alimentaba el alma. Aquellos que no salían a ver los colores que el cielo les brindaba eran los que con los años no lograron sobrevivir. Salieron de allí con vida aquellos que se alimentaron de estos regalos que nos da la vida, cada día. Pan para el alma como diría Lorca.

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Siempre me colgué de la belleza. Ante el dolor, me ensimismaba en el color de las cosas, en la luz. Siempre fui una perseguidora de atardeceres, de luces tenues. Cuanto más duras eran las pruebas de la vida, más buscaba los resquicios de belleza, para columpiarme en ellos mientras el mundo se derrumbaba. Por eso siempre he cantado y me ha gustado la poesía. No por una cuestión de gustos o preferencias, no, para sobrevivir ante la brutalidad, ante la desidia y la impotencia, para nadar entre el odio y la indiferencia, para salir a flote entre la desesperanza. Creo que no soy la única. Abundan los poetas del basural.

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Cada día doy gracias y un gracias lleva a otro.

Por el aire, por la fruta, por la terraza, por el sol, por la brisa, por la montaña, por la mirada clara de quien me abraza, por mis amigos, por mi madre, por lo que tengo, por que sobre mi cabeza hay un techo y en mi plato, alimento.

Doy gracias también por las cosas que tienen espinas, porque me enseñan, porque me hacen fuerte, porque me recuerdan dónde están mis heridas, por que me hacen ser más humilde, porque me entregan, porque hacen que como siempre, me sienta una más, una mortal más.

Quizá en ello consista la felicidad, en exprimirle a toda flor su néctar, todas ellas bellas, aunque algunas, duelan.

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