Que el amor nos haga

El amor como hecho, como evidencia, como acontecimiento, como aire que rodea los cuerpos,  los objetos, como algo presente, en lo cotidiano también en lo abstracto.

En la mirada del niño, en la nieve que cae, en mi caminar por la calle.

Amar.

Como quién se enrosca en una corriente de aire, como quién coge un tren, como quien se embarca, como coger un taxi de madrugada, como estar a la espera de nada, como quien simplemente es.

Y en vez de estar siempre buscando, apretando, persiguiendo, a la caza, detrás de la zanahoria, mirar las manos que atraviesan el aire, detenerse y dejar que nos cale, porque está ahí y es un hecho, un espacio exacto, un lugar que viene a nosotros, una isla flotante, una ley matemática, una constante, una realidad.

En vez de mirar, posarnos sobre la mirada, como quién canta, en vez de escuchar que sea el sonido quién nos empape hasta lo más hondo, ser recipiente en vez de cuchillo, ser continente para estar en el contenido. En vez de hacer el amor, que el amor nos haga a nosotros. Ser la arcilla y la existencia, las manos que dan la forma. Ser permeable, tomar formas, ser pizarra, ser escribible, ser sensible a la materia.

Vivir el amor.

Quizá eso es lo que nos salva. Quizá si escuchara más, quizá si me dejara entrar, quizá.

Venga, lo haré. Me dejaré llevar. Sin control absoluto, sin certeza, sin camino, abriendo en la hierba una senda. Venga, sin hacerlo lo haré, sin quererlo, sin propósito, sin esfuerzo, siemplemente como quién descubre el desierto.

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