Un buen cerebro

Un buen cerebro

Mi pensamiento guerrero contra los parásitos invasores.

El Hércules de mi castillo amurallado.

Esos bichos hijos de perra vienen a robarme mi paz, tiran trozos de mantequilla al suelo que mi mente hambrienta de grasa salta a devorar desesperada. ¡No! ¡Detente fiera famélica!

Anzuelos tramposos, cepos llenos de color, hermosos como nubes del alma.

Quiero no tener pelos en la lengua ni una garganta de nudo ni un músculo mental altamente lubricado de masticar tanta paja no digerida, quiero soltar tal cual agarro, soltar y soltar, quedarme solo conmigo que lo demás me sobra. A solas con mi sombra, mi vacío extenuado, la belleza de mi silencio, ahí reposa la imagen de mi persona. Lo demás me estorba como el polvo o la basura, este síndrome de Diógenes, este afán coleccionista de elucubraciones. Esputo todo ese mal, adiós para siempre. Dejaré mi mente como un simple gestor, delgado, casi raquítico, exento de músculo pero vivaz, altamente pragmático y lúcido. No la bestia que ahora es, mascullando pretextos con la boca abierta, eructando su mala digestión, excesivamente musculada, gorda como una morsa. No. Empieza el ayuno, querida bestia, ya no te necesito. No voy a escuchar tus gritos de adicta colérica, acaba de empezar tu tratamiento, cerremos la puerta, abramos las ventanas, que sople el viento gélido de tu mañana, ha salido el sol. Te moldearé a mi voluntad como si fueras de barro, si, ha llegado la hora. Me voy a esculpir un buen cerebro.

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