TRAMONTANA HAUS

Si, es imposible (para mí) no extrañar pero, la música, el vino fresco mientras cocinábamos comiendo queso, todos juntos en la cocina, Jacobo y Juanmita tocaban, alguien seguro, bailaba. Y parecía, y fuimos familia. Tramontana Haus, la casa de los vientos (huracanes, brisa suave, aquellos vendavales).

Cómo no extrañar ahora ciertos huecos que quedan en el mapa, océanos ahora, inevitables.

Podría seguir mi estilo y vivir de las ausencias pero no. Ya lo dije en el poema del gato. Estoy cambiando, he cambiado. Ahora no viviré de las ausencias no, viviré de las presencias, de las huellas que las cosas en mí han dejado, de los brillos y no de las sombras, arrugas nuevas en mi piel.

Estoy cocinando, suena la música, he abierto una botella de vino y bailo, brindo por los años que han pasado, brindo por las noches de locura y risas, de creación en estado puro, éramos peonzas, girábamos con trajes hilvanados. Brindo por el color de aquellos días, por los colores que hicieron estas brasas pausadas, brindo porque se que lo viví, brindo por Sophie, brindo por los quince platos a la mesa, brindo por todos los trazos que en mí se han quedado grabados. Forman ese nuevo dibujo. Por todo ello ya puedo decir serena cuando llamo a cualquier puerta: “Soy yo.”

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