Había una vez un reloj

Había una vez un reloj que se paró.

Sus manecillas dejaron de girar y girar para ponerle palabras al tiempo y sin embargo, su tic tac seguía ahí, dibujando la música,

también la música del tiempo.

Dentro de su agonía oía a las nubes frotarse, el viento en sus viejos oídos, la risa de los niños como un bálsamo muy suave y fresco.

Era otra manera de contar las horas, más plana y sosegada, sin círculos ni repeticiones, sin aquellas obligaciones marcadas por los números, sólo un tictac, un ritmo continuo para morir algún día en el silencio o la eternidad.

(La música más bella jamás oída bailaba con el silencio, callada)

paisaje-musical

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