II

Memoricé los recodos de mi jaula. Las piruetas que hacía dentro de ella eran finitas pero seguras, me agarraba a los barrotes y bailaba con ellos, el aire me despeinaba o hacía cosquillas, la música que otros hacían la escuchaba a lo lejos sin verla, el cielo era mi decorado de fondo, un canto abstracto para un sueño  imposible.

Un día y otro día bailé con tanta furia. La jaula fue a caer devorada por el vendaval, las pequeñas puertas de reja se abrieron, el cielo soñado se me metió hasta adentro, me ahogó la inmensidad, mis danzas ya eran diminutas, el vuelo de los demás pájaros hacía piruetas por encima de mi estruendosa caída hacia el abismo.

Me estrello, creía que sabía volar. En ese caer bailo desesperadamente mi caída. Me he resignado a esta inmensidad que me atraviesa, bailaré la caída hacia la nada,
hasta que un día, me columpie sin esfuerzo,

en las esquinas del aire.

 

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