Recordar

Hay recuerdos estrella, recuerdos para guardar, para que te iluminen en los malos momentos, recuerdos que son como un sol, que se oyen desde  la distancia, que te evocan una felicidad lejana.

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Iba recogiendo moras en mi primer día de hacer algo “no productivo”. Las zarzas despeinándome el pelo, la conexión con la mujer primitiva, con la recolectora, detenerme en esa senda millones de veces andada por mi raza, la sangre que bulle, que reconoce, que se conecta. Como arar la tierra con los pies descalzos. Sucede algo, el ser se conecta con una acción millones de veces realizada durante la historia del ser humano, guardada en los genes.

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Entonces vino a mi memoria aquel día. Aquel día que le di a la tecla de guardar de mis recuerdos. Guardar, guardar, guardar. Hay momentos que se apuran como si fueran un sorbete, breve, intenso, fresco.

Estábamos en Lanzarote. Los volcanes, la tierra del fuego. Recogíamos moras, moras de morera, de árbol. Atardecía y el cielo estaba naranja, era un día claro en la isla y Sophie aún vivía. Estar a su lado era hacer evidente el tiempo, el tiempo que se le iba, en su manera de vivir, por como reía, por como se tumbaba sobre la hierba seca, por como miraba las cosas. Ahora sus cenizas vuelan, ella es un pájaro, yo la veo en las gaviotas, vuela por los riscos de Famara, los mismos riscos que mirábamos esa tarde, con aquel atardecer en los ojos.

Recuerdo que estaban Estif y Silvia, su hermana pequeña, Robin y su madre,  también la Juani, los franceses y no se quién más. Recogíamos las moras cantando como hombres y mujeres antiguos, de campo. Nos las comíamos, nos reíamos como niños hasta que a alguien se le ocurrió chafarle a otro una mora en la cara. La tinta morada corría por su cara y entonces empezó la guerra de la fruta, el festival del color, las manos rojas, parecía que estábamos llenos de sangre, jugando a los zombies, a los muertos vivientes. Todos unificados por el juego, por la carcajada. Hicimos una foto de todas nuestras manos juntas en un círculo.

Después las vistas desde el risco, sentirnos pequeños, aquel vértigo, aquella felicidad simple, de unicornio o de isla. 

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Entonces, mirando el horizonte, pensé: “y todo esto ha sido gratis”. El dinero no había intervenido en aquella fiesta, aquello fue un regalo de la tierra, de las personas que éramos, de estar juntos en aquel paraíso sencillo, de higuera y tierra seca.

Guardar, guardar recuerdo, guardar la cara, el gesto, la luz, la intensidad, el sabor de ese momento.

Ese momento vino a verme ayer, mientras recogía moras, de nuevo, como si conectara de nuevo, como dos vasos comunicantes, como un río que llega a su mar y se encuentra con otros ríos. 

Ese recuerdo vino a salvarme, como una barca en medio de un mar, como el recuerdo del verano cuando amanece en la tierra helada.

A veces hay que darle a “guardar” para luego, con los años, recordar.

 “Recordar”, que en latín significa, “volver a pasar por el corazón”.

 

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