Papel quemado

El papel quemado ardía, nos daba tanto calor.

 

Su gran llamarada, iluminando nuestros rostros que miraban, nos devoraban las lenguas de fuego, de verdad quemaban. Pero después solo era humo, unas insignificantes cenizas, nada más.

Supongo sin saber, que el amor auténtico necesita algo más que papel quemado. Lo busco a ciegas, créeme.  Madera, la fortaleza de la leña, el chisporroteo de las ramas, hojas y la explosión, ante el calor, de alguna semilla.

Clau habla de esa llama que en las brasas florece cuando a la buena hoguera tiras un papel. Pero ahí estan las grandes brasas del amor ondeando, con capacidad de recordar que empezaron siendo papel. Pero un papel que tiene dónde caer, que tiene dónde incendiarse, dónde fundirse, la piel con el alma, el encuentro del fuego con la madera, el humo caliente de la chimenea.

Ya no quiero papel quemado. Al azar, porque si, en cualquier lugar, incendiado unos instantes para luego desvanecerse y que no queden más que unas minúsculas cenizas en un aire de frío, amnésico, incapaz de ir más allá.

Quiero ser bosque en la hoguera, quiero morir para renacer, quiero encontrar la llama, las brasas que me incendien, no un rato, sino para siempre.

Con premeditación, sin alevosía ni ensañamiento.

Sin anticipación, sin urgencia ni bomberos ni quemaduras de tercer grado.

Unas buenas brasas para tirar papel y tirar papel y arder, arder, arder hasta desaparecer o quizás, en el fuego, nacer.

 

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