Páginas de memoria

Hoy ha llegado a mi buzón una libreta que escribí hace ocho años.

Sonó el teléfono, una llamada en una tarde de otoño.

Escribí aquella libreta de viaje a un amigo. ÉL la acababa de leer esa misma tarde, la tarde en la que me llamó.

Su voz sonaba iluminada. Decía: “He llorado de emoción”.

Hoy apareció en mi buzón, en el interior de un sobre manuscrito, como un préstamo para ser leído, sin fecha exacta de devolución. La libreta roja, de tapas de cuero, me ha esperado unas horas encima de la mesa. Acostumbrada a esperar todos esos años, ese rato no suponía nada de tiempo.

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En sus páginas, una Mireia de veinte años relataba un viaje a Marruecos, describía con precisión su desmesurado atlas, el cielo muy azul del amanecer en Marraquech, sus gentes amables y el comienzo de un amor. El amor con el padre de mi hijo.

Y releyendo esas hermosas páginas cargadas de la ilusión por un amor nuevo, una determinación se dibujaba en mi mente: nunca le negaré al fruto su procedencia, nunca le ocultaré la semilla a la flor, nunca negaré lo que fui, nunca negaré que amé, que he deseado viajar y vivir viajando, ser nómada, que una noche en el desierto, el anciano de la tribu, tras arropar a todos los suyos antes de irse dormir y que el frío saharaui los sorprendiera, me arropó a mi y al padre de mi hijo, cómo un abuelito beréber al que adopté con gusto, y que bajo la manta sonreíamos emocionados, mirando una estrellita que se colaba por un hueco de nuestra jaima. Nunca le negaré que viví momentos bellísimos, que el cielo de la noche en las dunas del Valle de Draa se nos caía encima, que amé con locura, que me enamoré hasta los huesos, que sentí que había conocido al hombre de mi vida y que así resultó ser. Porque aunque las cosas no hayan funcionado como esperábamos, él siempre será el hombre de mi vida, aquel que me hizo madre, aquel con quién pase una gran parte de mi vida, llena de cambios, viajes, vidas que vienen y vidas que se van. Jamás le negaré a mi hijo nuestra historia de amor, en aquel Marruecos en Navidades, ajeno a los árboles de Navidad y a los regalos con papel de seda pero lleno de regalos gratuitos, soles que se parten antes de llegar a un horizonte naranja, para luego desaparecer y dar paso a la noche más bella y más grande que jamás he visto.

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No le negaré que él ha sido y es el fruto del amor, que paseábamos embriagados por el viejo barrio de Alfama, en Lisboa, con sus paredes que parecen de papel y que creíamos que era posible cambiar el mundo en ese mismo momento, con nuestras propias manos. No le negaré el teatro en la calle, los bailes de violines por las aceras de Madrid, no le negaré de dónde viene, por que él es eso, todo eso, condensado, transformado en materia.

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Y así, cierro las tapas de ese pequeño cuaderno y con él, me quedo con lo bueno, con lo que para siempre queda escrito, en las páginas de la memoria del corazón.

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