Mamá, ¡quiero tocar la luna!

Llorabas desconsoladamente. Mamá, ¡quiero tocar la luna!

No podías creer no poder alcanzarla, tocarla con tus pequeñas manitas que no pierden detalle de nada.

La luna, tras el cristal de la ventana de la cocina, mostraba su gracia, tan lejana. “¡Yan tocar luna!” repetías una y otra vez ahogado por los sollozos que sacudían tu menudo cuerpecito. Me acordé de Calígula caminando hacia el horizonte tratando de alcanzar la luna caminando hacia un límite que camina a la vez que él y su impotencia de querer y no poder. Mientras, la luna, sonreía, enternecida por la magnitud de tu deseo, brillando más todavía en su redonda belleza de madre y mujer, reina de las mareas.

Yo, derretida más que la propia luna te abracé y te acompañé en el sentimiento. Yo también deseaba subir al cielo y cogerla para ti pero ¿que más podía hacer que mirarla a tu lado y aceptar que es hermosa y que yo también quería alcanzarla? ¿Qué más podía hacer que aceptar que si, es cierto, somos muy pequeños? ¿Qué más que admirar la inmensidad, compartirla contigo, en tu nuevo camino hacia el descubrimiento del mundo?

Tras muchos llantos y sollozos caíste dormido en mi regazo de madre, y entonces, desde muy arriba, a travesando el cristal del la ventana, la luz de la luna te secaba las lágrimas.

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