Ladrones de luciérnagas

Alejarme de los oportunistas ladrones de luciérnagas y de luces claras.

Me costó tanta sangre clavar mi bandera sobre la cima amarilla de mi luz.

Es MÍA.

Muerte a los vampiros usurpadores de mi esfera.

Dando mi estúpida inocencia solo consigo que quieran robármela, que después de arrebatármela se rían de ella, que después de chupar la sangre se burlen de la cáscara. 

Ya me pasó muchas veces, es el tropiezo contra la misma piedra, una y otra vez. Mis pies amoratados, rotos.

No debo darla, no debo enseñarla, no debo mostrarla a cualquiera.

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No debo darla a algunos que se dicen mis amigos, que preguntan aparentemente interesados con el brillo de la destrucción en los ojos, como cuervos, carroñeros de sueños, picoteando los restos.

Así soy, mi alegría me desborda, me puede el amor por los hombres, por el mundo, por los niños, por las flores. Sencillamente. Me puede estar viva y si, lo comparto, con mi presencia, no puedo evitarlo, yo respiro así y he pedido tantas veces perdón por ser así.

 

 Ahora estoy cansada, necesito callar, guardarme, protegerme, me han herido de pronto.

Porque no soy correcta, porque en realidad no entiendo de formas, porque lo protocolario es en realidad, un juego para mi, un juego que en realidad no comprendo, al que juego hasta romperlo, como un niño que explora un tocadiscos. Para entenderlo tiene que destruirlo.

Si, nunca entendí el plato que va debajo de la taza, ni la prohibición de los pies sobre la mesa, ni el no poder columpiarme allí donde es posible la balanza. Nunca entendí la cortesía de la pared en blanco, el no mojarme, el estarme quieta, el no gritar, ni bailar ni amar. Nunca entendí porque no se debe amar así, de esta forma, nunca comprendí la prohibición constante hacia esta esencia mía, tan ingenua, tan boba.

Yo siempre hacía y parece que aún hago las cosas DEMASIADO.

Demasiado alegre.

Demasiado intensa.

Demasiado demasiado.

Demasiada risa, demasiado sentimiento, demasiada disciplina, demasiada intensidad, demasiadas ganas, demasiado entusiasmo, demasiada pasión, demasiadas certezas, demasiado todo, demasiada yo. La música demasiado alta, el agua demasiado caliente, la ropa demasiado estrafalaria. Demasiado viva, demasiada energía, demasiada presencia. “Te involucras demasiado. No se puede vivir así, tan salvajemente.”

Pues lo siento. Soy salvaje y ya no pienso bajarme del árbol. Compartiré los frutos con unos pocos o con la distancia que da la pantalla, el escenario o la calle.

Tengo ganas de gritar y  ser demasiado escandalosa, tengo ganas de reír y que sea demasiado descarada, tengo ganas de desnudarme y ser un desvergonzada, tengo ganas de ser incorrecta de una vez, tengo ganas de ser todo lo demasiado que soy, porque en realidad nunca he sido todo lo demasiado que soy, tengo ganas de correr ladera arriba, gritando, aullando, volviéndome loca de verdad.

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 Reírme con la cara desfigurada, de loca, sin parar, subirme a la mesa y bailar, romper los platos con placer, peinarme con un tenedor, usar las teteras de maceta y las macetas de tetera, plantar semillas dentro de la tierra de mis zapatos, llevarme los árboles dentro de mi casa, colgarlos por las paredes.

Ya lo he decidido.

En mi próximo espectáculo-obra-trabajo o lo que sea, bailaré sobre una alfombra roja.

Descalza. Salvaje.

 

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