La oveja negra

Siempre fui la oveja negra en un rebaño de impolutas ovejas blancas.  

Lo que yo hacía daba igual, siempre estaba impregnado de mi esencia, de mi ser ¿cómo deshacerse de uno mismo? ¿cómo apagar la luz del alba?

Fácil. Empecé a andar de puntillas, hacía poco ruido, me escurría por los millones de huecos que se quedan entre los ladrillos del muro, vivía una vida secreta, escondida en mis cuadernos, en mis canciones, en mi pensamiento. Ahí nadie podía atraparme.

Pero poco a poco esas ovejas blancas colonizaron también mi pensamiento, estaban dentro y estaban fuera, trepaban las montañas, me robaban la pureza de mi color.

Un día hubo una gran invasión, los lobos corrían montaña arriba, la sangre manchó las rocas, tuve que defenderme.

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Por casi primera vez en mi vida dije “basta”.

Ya no soy una niña a la que modelar como la arcilla, ya tomé mi propia forma a pesar de aquellas manos que me apretaban con fuerza, intentado que me amoldara a su prisión. No soy esa que ellos me proponen, no soy esa a la que obligaban a saltar, no soy esa que ellos quieren que sea. Soy otra, soy yo, soy esa oveja negra que ha encontrado a las de su raza, algunas estaban también entre las ovejas blancas. Atravesé el bosque a solas, los lobos aullaban a lo lejos pero encontré a las míos, con ellos junto las manos y construimos algo nuevo, nos fundimos.

Me despido de aquel rebaño. Lo lamento, quizá algún día puedan aceptarme, mientras tanto me alejo, como haría una pluma ante un ventilador.

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