La ceremonia de Aarón

Hoy he tenido el inmenso placer de haber sido invitada a la ceremonia de el hijo pequeño de unos amigos. 

Ha sido algo realmente emotivo y hermoso.

En estos tiempos en los que el ritual se ha ido enterrando.

Cuando alguien muere parece que ya no existe el derecho al luto, a llorar, a vestirse de negro para sanar las heridas en la oscuridad, hasta un día renacer. Sobrevive a duras penas el ritual del amor, de cantar la noticia en voz alta, sin miedo de prometer delante de tus amigos que cuidarás de esa persona hoy y mañana, de arriesgarte  a decir “para siempre”, aunque te tiemble la palabra en los labios.

Hoy he tenido la fortuna de ver el ritual de la nueva vida que ha venido, que esta aquí, que nos eligió.

La ceremonia de Aarón ha sido un espacio de tiempo suspendido, con un brillo de tarde de septiembre entrando en el otoño, ha sido una jornada de pétalos al vuelo, de agua sobre la frente, de collares de flores, de alzar la vida al aire, de niños que juegan. 

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La sacerdotisa dijo que nuestros hijos nos han elegido, que para ellos somos los padres perfectos, encajando como un puzzle en las necesidades de su vida, que lo que un niño necesita y más ama es tener a sus padres.

Todos nos hemos emocionado.

La culpa tiembla ante una afirmación tan poderosa, se derriban los muros que ella fortifica, esos síndromes del mal padre o mala madre y de pronto crece la esperanza como un brote tierno, dulce, espontáneo.

Me he sentido en familia.

El ritual nos hace detenernos en los momentos de la vida importantes, nos ayuda a mirarnos, nos une, nos convierte de pronto en tribu humana, sabernos de la misma raza, perseguidores de los mismos sueños, atravesando los mismos momentos, naciendo, viviendo y muriendo. El ritual nos unifica, nos recuerda que somos animales conscientes de su fin y de su principio.

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Ver a una madre leerle una emotiva carta a su bebé, que inocente juega con algo, abstraído, curioso, ver a un padre alzar a su hijo en brazos como un león.

Me ha inundado de dicha ver a unos padres que se aman, que se miran, que no tienen miedo a la profundidad, que comparten su camino con su gente, que te hacen sentir parte de su familia. Me ha dado una inmensa alegría ver que es posible vivir sin miedo, caminar la senda hacia el amor. 

Y compartirlo con Yann. Este nuevo camino, este grito, este comienzo, este decir “ya no temo, ya no tengo miedo”.

Gracias David y Gabi, gracias Aidán y gracias pequeño Aarón.

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