Para siempre ahora

A menudo el cielo nos brindaba un pedazo. Habitar unos minutos e incluso horas en un paraíso móvil, que bajaba para nosotros a la tierra, que nos sorprendía en cualquier parte. Como aquel viaje en la parte trasera de la furgoneta de carga. Tumbados sobre la tarima de madera, rodeados de cajas, abrazados en la oscuridad de aquel útero cálido que avanzaba por la carretera no importaba hacia dónde. Nada faltaba, todo era en su justa medida, equilibrado y preciso. No me habría importado morir, terminar juntos nuestro viaje, como si de nuevo pudiera nacer, ser dada a luz en una nada nueva tras haber cumplido un objetivo vital y secreto.

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