¿NOS ENCONTRAMOS?

Somos distintos, es un hecho. Dos razas, dos grandes razas, ni mejores ni peores, por descontado.

La pequeña Luna se mueve haciendo círculos, ella es como el agua, tiene tres años y sin embargo ya mueve sus caderas cuando baila, se balancea, danza.

Veo a las niñas jugando en círculo, bailan como el agua, son el agua. Avanzan en espiral, van y vuelven y otra vez lo vuelven a hacer, así, en un orden caótico.

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Yann también tiene tres años, él se mueve en líneas rectas, se dirige con precisión hacia un punto lejano, cuando llega elige otro. Es rectilíneo. Con su moto de plástico embiste las paredes, se queda clavado, va buscando los límites físicos del mundo. Transgrede, explota, se mueve lejos, hacia el horizonte.

Veo a los niños jugando a las carreras, miden su propia fuerza, exploran sus límites con los demás a través de las peleas, son cachorros de león. Hace poco leí que todos los mamíferos juegan a pelear, nosotros también.

Y así nos voy viendo, hombres y mujeres.

Yo mujer.

Tú hombre.

Me acepto óvulo, me acepto en la espera, me acepto en esta ola que va y viene, que mece, que baila una misteriosa danza, me acepto en mis ciclos. Soy circular.

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Y tú, hombre, buscas, persigues, te diriges. Naturaleza intrépida, eres el cazador (aunque dicen que también existen mujeres cazadoras, no lo niego, yo seguro, en las cavernas, sería una de ellas).

Somos distintos.

Cuando di a luz me sentí más mujer que nunca. Esa condición de mamífera era tan evidente, era como estar en la cima de la certeza de ser animal. Y como mujer vulnerable, como mujer dadora de vida, frente a mi cueva precisaba de un hombre. Un hombre que me protegiera de la  noche y sus fieras, para encender la lumbre, para no permitir que se apagara, para esperar al alba, para despuntar el amanecer con su naturaleza de unicornio. Ese hombre no estaba a la puerta de la guarida, por eso, loba herida, terminé cobijándome en el hogar primero.

Ante el peligro me sentí de otro planeta. Yo era Venus y precisaba un hombre de fuego, de la fragua y el volcán. Un guerrero.

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Y así fui deshilachando mi naturaleza de mujer, así fui desenredando el hilo de Ariadna por el laberinto de los tiempos.

El hombre es la roca, la mujer el agua. ¿Cuál es más fuerte? ninguno muere, se transforman el uno con el otro, bailan en la arena de la profundidad. ¿Quién puede más? No es cuestión de guerras creo yo, si no de melodías.

Dos cuerpos que encajan como un puzzle. La necesidad de ser protegida con la necesidad de saberse fuerte. El contenido para el continente. El agua para la sed. La necesidad de ser colmada y el río que se hace cascada. Sólo con mirar la naturaleza se puede ver, todo es femenino y masculino, constantemente funcionando.

Y ahora, animales en cautiverio, tras las rejas no se distinguen las estrellas, el aullido de los lobos pertenece a los cuentos, los instintos no mueren, tratan de ser conducidos. Tras las rejas trato de entender, como animal que se sabe animal, como animal que se sabe vivo, consciente de su principio, consciente de su fin.

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Y así voy encontrando el recorrido de mi laberinto, da círculos y si corro por él acabo bailando, en mi laberinto se cruzan grandes calles rectas, formando un entramado perfecto.

Hombres, mujeres.

Basta ya de guerras. 

¿Nos encontramos?

 
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