Celebrar la vida

Belén se ha enamorado, ahora ella y su nuevo novio llevan siempre confeti en el bolso y de vez en cuando lo tiran por los aires y se mueren de la risa.  Me cuenta que le gusta ver el confeti por la alfombra de su cuarto, como si la vida fuera siempre una fiesta que celebrar.

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La felicidad es una conquista, le decía siempre a Robin. Él se creía que mi felicidad era un regalo del cielo, algo con lo que uno nace o no. Como si no fuera una montaña que escalar cada día, como si no fuera una inmensa masa de arcilla que modelar y dar forma, como si la felicidad no entendiera de trabajo o de gratitud.

Uno encuentra siempre motivos. Motivos para todo. Para llorar, para reír, para desesperarse, para llenarse de impotencia, para pudrirse de odio, para amar cada partícula de este mundo, para desear que se acabe o que empiece de nuevo.

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Siempre hay motivos para todo, estamos vivos.

Pero la felicidad es esa extraña conquista a la que todos queremos llegar, es un clásico universal al que se accede de infinitas maneras pero siempre con esfuerzo y constancia. Algunos lo tienen más fácil es cierto, pero las oportunidades no faltan.

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Victor Frank en su libro “El hombre en busca de sentido” cuenta cómo cuando era preso en un campo de exterminio nazi, él y los demás reclusos todos los días salían de sus barracas para ver el atardecer. Sin comida, con frío, llenos de heridas, derribados por el cansancio y la enfermedad, aquel atardecer les brindaba belleza y les alimentaba el alma. Aquellos que no salían a ver los colores que el cielo les brindaba eran los que con los años no lograron sobrevivir. Salieron de allí con vida aquellos que se alimentaron de estos regalos que nos da la vida, cada día. Pan para el alma como diría Lorca.

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Siempre me colgué de la belleza. Ante el dolor, me ensimismaba en el color de las cosas, en la luz. Siempre fui una perseguidora de atardeceres, de luces tenues. Cuanto más duras eran las pruebas de la vida, más buscaba los resquicios de belleza, para columpiarme en ellos mientras el mundo se derrumbaba. Por eso siempre he cantado y me ha gustado la poesía. No por una cuestión de gustos o preferencias, no, para sobrevivir ante la brutalidad, ante la desidia y la impotencia, para nadar entre el odio y la indiferencia, para salir a flote entre la desesperanza. Creo que no soy la única. Abundan los poetas del basural.

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Cada día doy gracias y un gracias lleva a otro.

Por el aire, por la fruta, por la terraza, por el sol, por la brisa, por la montaña, por la mirada clara de quien me abraza, por mis amigos, por mi madre, por lo que tengo, por que sobre mi cabeza hay un techo y en mi plato, alimento.

Doy gracias también por las cosas que tienen espinas, porque me enseñan, porque me hacen fuerte, porque me recuerdan dónde están mis heridas, por que me hacen ser más humilde, porque me entregan, porque hacen que como siempre, me sienta una más, una mortal más.

Quizá en ello consista la felicidad, en exprimirle a toda flor su néctar, todas ellas bellas, aunque algunas, duelan.

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